La elección demediada

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

LA CAMPAÑA electoral para los comicios que hoy celebra Cataluña ha servido para todo menos para despejar la principal incógnita que existía antes de que fueran convocados: la de cuáles serían, llegado el caso, los aliados preferentes de los dos únicos partidos que pueden gobernar la Generalitat. Tal información, que ni CiU ni el PSC se han dignado dar a los ciudadanos a los que han pedido apoyo, hubiera sido, pese a ello, de extraordinaria utilidad. La razón es bien sencilla: casi nadie vota ya ni en elecciones generales ni en elecciones autonómicas pensando en los candidatos de su lista provincial -salvo, quizá, los amigos y parientes de los propios candidatos- sino en cómo influirá el sufragio que uno emite en la formación del Gobierno que habrá de salir de los comicios. Hasta tal punto acontece de ese modo que muchos electores -la mayoría, según todos los estudios- no saben cómo se llama el cabeza de la lista por la que optan finalmente (¡ya no digamos el número cuatro o el catorce!), pues lo que les interesa en realidad es que su papeleta contribuya a que gobiernen éstos o los otros. Así las cosas, cuando, como hoy sucederá previsiblemente en Cataluña, ningún partido obtiene la mayoría suficiente para gobernar sin aliados -dato que han revelado allí todas las encuestas-, la cuestión de las alianzas poselectorales se convierte en la cuestión política central. ¡Pues ni con esas! Ni Mas ni Montilla han creído su deber hablar de cuáles serían sus alianzas preferidas en el caso de obtener un número de diputados suficientes como para optar a hacer gobierno. Nadie duda, sin embargo, de que un ejecutivo de CiU con Esquerra Republicana sería muy distinto de uno de CiU con las abstenciones del PP. Como nadie duda, de igual modo, de que no es lo mismo que el PSC intente de nuevo el tripartito o que trate de hacer la gran coalición con Convergencia. De cuál sea la mayoría de Gobierno que salga de estas elecciones dependen muchas cosas, entre otras la muy fundamental de cómo será desarrollado el nuevo Estatuto catalán. Pero tampoco de ese tema central han dicho ni esta boca es mía los partidos, como si el asunto estatutario no hubiera sido el monotema de la legislatura que ha enterrado a Maragall. Con lo cual el resultado final es formidable. Hemos visto en la campaña vídeos negros y preservativos con finalidad electoral y hemos oído insultos bochornosos y promesas increíbles, pero nada sabemos ni de cómo pretenden formar gobierno los partidos que tienen esa opción ni de cómo piensan desarrollar el Estatuto quienes son sus principales responsables. Y todo el mundo tan contento.