LAS MANZANAS y la enseñanza no son las de cuando éramos críos. Y las reacciones, dispares al advertirlo, apuestan más por la privacidad que por el cuidado de un bien que, por salud ecológica y democrática, debiéramos compartir, sin sucedáneos. En los últimos años ha crecido la enseñanza como bien de consumo. Similarmente al coche o los pantalones, ante los otros no es lo mismo que el niño vaya a un colegio que a otro. Desde que somos un país de aspirantes a nuevos ricos, esta actitud ha ganado adeptos hasta entre quienes habían estudiado en los antiguos institutos de enseñanza media. Ya los supervisores de la OCDE, al evaluar la LODE, profetizaron este vuelco afectivo y efectivo hacia la enseñanza como signo de distinción . Aunque para familias con carencias siga siendo obligada antesala de la nada. El cambio ha afectado también a muchos profesores, desencantados de cómo la selección natural ha hecho más visible su marginación en la ventolera de movimientos socioeconómicos de los últimos años. El cansancio y la ansiedad en esta cada vez más arriesgada profesión es asunto sintomático. Pero el amplio stock de agravios que traduce -pese a su gran importancia- suele sesgar cualquier diagnóstico, no corporativo, sobre las urgencias de la educación necesaria e imprescindible para ciudadanos de hoy. Tampoco es irrelevante que, al hilo de las últimas remodelaciones orgánicas en secundaria, cunda ahora la especie de que, al introducir una educación cívica para todos, se pretenda coartar la libertad de conciencia de padres y alumnos. Cuando, asimismo, se anima a la objeción de conciencia, so pretexto de intromisión en el derecho de los padres a elegir la educación moral de sus hijos, ¿estamos ante otro espurio debate educativo? Tal iniciativa parece retroprogresar hacia los argumentos dispositivos del ministro Orovio en 1875. Pronto deberían objetarse igualmente la libertad de cátedra y los contenidos científicos de todas las áreas de conocimiento. Incluso los de Matemáticas: no han sido infrecuentes los pedagogos que veían una «extraordinaria relación» entre éstas y la pedagogía moral. Alguno, de gran prestigio en 1945, explicaba que tenían por objeto «cultivar el espíritu del niño». Eran, pues, necesarias, «para desenvolver la facultad del raciocinio», y, además, «desde el punto de vista pedagógico moral, porque producen en el espíritu, con sus ejercicios y problemas, los mismos efectos que en el cuerpo la gimnasia». Con restricciones mentales sobre lo público o cívico -pseudopolitizadoras de la moral y la escuela-, ¿qué mínimos curriculares ha de enseñar ésta? Tanto ruido sucedáneo -tanta variada repetición de lo mismo-, cuando la enseñanza más accesible a la mayoría sigue plena de problemas que dificultan a muchos el acceso a la dignidad de iguales, hace recordar a Orwell a propósito de un elitista centro educativo inglés: «Es difícil separar la admiración del desánimo al ver que Eton en 1948 es prácticamente igual que en 1918». Especialmente, los de Historia, Literatura y Ciencias Naturales.