POBRE Constitución Española de 1978, se creyó el idealismo militante y generoso de los que hicieron la transición, construyéndola como un puente de la dictadura a la libertad, del rencoroso conflicto civil al reino de la tolerancia dialogada, ese anhelado foro democrático que nunca llegará a cuajar. Era el sueño de León Felipe, el poeta desterrado que sufría por no tener una patria. Al fin todos la encontramos, abierta, descentralizada, solidaria y confiada. Por eso en su artículo segundo se autodefinió como «España, patria común e indivisible de todos los españoles». A los terroristas vascos se les ofreció la amnistía, el borrón y cuenta nueva, así como el Estatuto más descentralizado del mundo; a los navarros, la continuación de sus privilegios históricos; a los catalanes, las competencias interiores decisivas; y a las comunidades menos desarrolladas, como Galicia, fondos de solidaridad para facilitar su esfuerzo de equiparación. Al llegar el siglo XXI, en España las instituciones autonómicas y locales pesaban más que el Gobierno central. Pero a los ambiciosos señores territoriales no les pareció suficiente. Sacaron a colación el derecho de autodeterminación; inventaron aberraciones conceptuales y morales como la España asimétrica; y tiraron de lo peor del pasado para etiquetar con nueva identidad el presente. Ya no habría nación española ni patria común, sino realidades nacionales múltiples, exclusividad preferente para el terruño propio y picas ventajistas para adentrarse en el ajeno. Todos verían al resto de España como una especie de mercado de exportación a conquistar; su base económica, un botín a expoliar en medio del desorden vigente; en tanto que el territorio propio quedaría como área de dominio exclusivo, blindado a la reunificación racional. Así llegamos al actual reparto neofeudal de la España constitucional. La clase política catalana abrió brecha y los demás la imitan. ¿Quien se resiste a la tentación de contar con un paraíso político y económico propio? Al parecer, casi nadie; las élites del poder viven el apogeo de la mediocre vanidad y la ceguera incompetente. No quieren reconocer que se abrirá una época disgregadora de luchas territoriales y personales que dinamitará los pilares de la cohesión social. Se refugian en su ombligo, sólo miran la contabilidad propia, los indicadores de reparto favorables y lo que decida las porciones de la tarta fiscal de un pueblo atónito y desarmado. Ahora, cada uno a lo suyo, con las cuotas de poder que dan fuerza electoral, población, PIB, votos, poder económico y alcantarillas fácticas. Pobre España, qué pena de país. Pasar en tan sólo un cuarto de siglo de la ilusión de una patria común a ser un mosaico de intereses inanes. Y a convertirse en una vulgar sociedad anónima autonómica, sin principios ni valores, prisionera de reglas trucadas. Aún no hemos tocado fondo.