CON L de libertad se escribe La Coruña . Libertad para que los castellanoparlantes de Galicia o de cualquier otra parte del mundo la nombren en toda su totalidad. Ninguna ley, por muy aprobada que sea en un parlamento, puede sustraerse a la libertad de un pueblo para denominarse como guste; nadie puede suplantar la voluntad soberana (real) y en esto, y aunque sólo fuera en esto, es de agradecer la posición del embajador español en el Vaticano, durante muchos años defensor de La Coruña. Parece una cuestión baladí, ni siquiera digna de un comentario de tertulia y mucho menos de una reflexión ética. Pero la ética cotidiana se hace así, a base de reflexiones, de opiniones ilustradas y consensuadas. La pérdida de una L en el topónimo es expresiva de una visión totalizadora de las lenguas y del uso obligatorio de los lenguajes. Se trata de una humillación suprema al no tener derecho a que oficialmente se reconozca el topónimo castellano, siendo como son las lenguas gallega y castellana cooficiales en Galicia. Nos humilla y ultraja, aunque parezca una cuestión puramente verbal o lexicográfica. Se trata de una politización de la lengua, de un intento de normalizar (qué horrible palabra) otra lengua que sólo puede ser acogida por la seducción inteligente. Este largo silencio de los conformistas, de los impotentes, hace que parezca que todo marcha bien y no nos escuece el alma al ver el topónimo La Coruña sustituido por su equivalente en gallego cuando se habla o se escribe en castellano. Tengo la impresión, sin embargo, de que la inmensa mayoría de los que nacimos en este lugar la seguimos y seguiremos denominando siempre La Coruña. Un referéndum entre los coruñeses no estaría de más para decidir algo que también atañe a nuestras señas de identidad, algo que es un bien irrenunciable, si no queremos romper la baraja y empezar a perder las libertades en función de fundamentalismos más o menos larvados. Necesitamos sólo un poco de valor para expresar en voz alta lo que pensamos. Lo políticamente correcto en Galicia es hoy en día normalizar. Pero lo éticamente correcto es respetar la libertad de los individuos para usar la lengua de su elección, siempre que no cercene los derechos iguales de los otros.