DESPUÉS de algunos años de relativo respiro, la imagen de Galicia vuelve a ser bastante negativa. Se nos reconoce, eso sí, el milagro de las autovías, que mientras en España parecen cosa natural y signo de los tiempos, en Galicia se consideran dádivas de un Estado generoso que se apiada de nosotros. Y también se valora nuestra gastronomía artesanal hecha de buen producto, ya que la idea de una cocina civilizada e internacional, que aporta algo más que abnegados agricultores y heroicos pescadores, se reserva en exclusiva para Navarra, Madrid y Euskadi. Pero la realidad social y económica de Galicia sigue injustamente ligada a ciertas imágenes y acontecimientos por los que todo el mundo nos pregunta cuando salimos fuera: el Prestige, los incendios, las lluvias torrenciales, las empresas en venta y el desbarajuste urbanístico. Por culpa nuestra, Galicia también está ligada a los artículos tópicos que se escriben sobre nuestras aldeas, a las poblaciones envejecidas que viven de las pensiones, a una gerontocracia política que monopolizó las pantallas de televisión durante cuatro legislaturas y al voto un tanto anómalo de los residentes-ausentes, que muchos españoles consideran tan genuinamente gallego como el temporal del SO. Por eso necesitamos gente, noticias, empresas e imágenes que hablen de la Galicia real y del enorme progreso que hemos alcanzado en los últimos años, y que, lejos de relegarnos a la condición de Finisterre etnográfico y turístico, pregonen la realidad de esta tierra de oportunidades en la que vivimos. Como analista, siempre he sido más dado a la crítica mordaz que al halago complaciente, convencido de que la autocrítica bien hecha es un estímulo social muy necesario para aprovechar las impresionantes oportunidades que estamos teniendo. Pero ser críticos no equivale a ser ciegos, y por eso hay que exigir que la misma objetividad que nos delata en lo malo sirva también para premiarnos en lo bueno. En este contexto me baso para protestar contra la insólita propuesta de los responsables del Tour de Francia, que, contraviniendo su propia normativa, quieren negarle a Óscar Pereiro el trofeo y los honores que le hurtó Floyd Landis. Ese premio -que Óscar ganó para todos, pero quieren dejar desierto- es un símbolo de modernidad que hemos merecido y debemos exigir, porque no es justo que los precedentes creados en las competiciones de atletismo y en la propia Vuelta a España se soslayen esta vez en contra de nuestra imagen. Entre el 2004 y el 2005 hemos cosechado magníficos triunfos en las Olimpiadas y en el Tour de Francia. Y eso demuestra que Galicia es algo más que el país de los chanchullos y los desastres naturales.