ESTAMOS perdiendo nuestra capacidad de asombro. Los inventos más sutiles e ingeniosos ya no nos conmueven. Este es el cambio más drástico que se ha producido en nuestra percepción ante la avalancha de fantasías que se han hecho realidad. Miramos el mundo que nos rodea y consideramos natural que esté plagado de novedades, de cosas que todavía no sabemos qué son, pero cuya utilidad percibimos en seguida. Recuerdo cuando llegó el fax, allá por finales de los ochenta. Iba a ser algo revolucionario y definitivo en la transmisión de documentos por vía telefónica. No había pasado una década cuando ya estaba arrumbado por Internet y los correos electrónicos. ¿Asombro? Ninguno. Hoy lo asombroso sería que algo no cambiase. Aún sigo oyendo a Jorge Luis Borges cuando nos confesaba su sueño más «irrealizable»: una biblioteca que albergase todos los libros del mundo. ¿Quién tiene hoy eso por imposible? Nadie. Se dice que antes de un lustro su sueño se habrá hecho realidad. Borges murió en 1986 convencido de lo contrario, incapaz de concebir -¡y mira que tenía imaginación!- una realidad tan magnífica. «Un sueño imposible», decía. ¿Imposible? Es como si de repente se le hubiesen nublado las entendederas y desconociese la enorme capacidad creativa de sus congéneres. Bibliotecas completas están ya en Internet, con el inglés en cabeza. Pero muy pronto se sumarán las demás lenguas. Y Borges se emocionará sin duda allá donde esté. Porque eso es lo que ocurre cuando los sueños se cumplen. Los que ya no nos emocionamos, paradójicamente, somos nosotros, los vivos. Y no nos asombramos porque ya hemos renunciado a comprender. Mi padre me preguntó un día sobre el móvil: «¿Cómo no chocan tantas palabras en el aire?». No supe responderle. Porque yo jamás me hice esa pregunta.