¿Para qué quieren ideas si ya tienen consignas?

OPINIÓN

21 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

COMO era de derechas, ya casi nadie lee a Julio Camba, que era, en efecto, de derechas, además de una cumbre mayor del articulismo español de la primera mitad del siglo XX. Ayer, repasando con placer varias de las recopilaciones de sus fantásticas columnas publicadas hace años por Austral, leí una que, como un fogonazo de luz, me permitió entender de pronto por qué va últimamente como va esto de la política española. Aunque el texto se titula Más sobre el teatro de fantoches, no teman los políticos profesionales que tengan el vicio, que yo les agradezco, de leer El ojo público: no se trata de llamar fantoches a nuestros padres de la patria ni de aseverar que sus constantes peloteras constituyen un teatro. No, como verán, la cosa es más sutil. Sostiene Camba en su columna, a cuento de algo que ahora no viene al caso para nada, que existe un lenguaje de frases y no de palabras, «un lenguaje donde las palabras no suelen nunca encontrarse sueltas, sino, casi siempre, en grupos de cuatro o cinco, como los plomos del linotipista». Y pone Camba, con su gracia inimitable, el ejemplo de esos seres engolados que, siempre que discursean, mencionan «las riendas del Gobierno», «la hidra revolucionaria», «la caricia del sol» o «el murmullo de las fuentes». No cabe duda: tras varios años intentándolo, la mayor parte de las señoras y señores que hoy se dedican profesionalmente a la política en España están enfermos de ese mal que se produce cuando alguien, «no sabiendo combinar las palabras a su modo, las toma ya combinadas». Todo el discurso político (local, autonómico o estatal) de la España del momento, tanto el de los que hablan en nombre de los partidos del Gobierno como el de los que lo hacen en nombre de los de la oposición, está contaminado por esa sustitución de la palabra por la frase hecha, del razonamiento por la consigna de partido, del pensamiento por la mercadotecnia electoral. Por esos mundos de Dios los líderes políticos debaten entre sí, incluso dentro del mismo partido, como acaban de hacerlo en Francia los que aspiran a ser candidatos a la Presidencia de la República en las filas socialistas. Pero en estas tierras dejadas de la mano de Dios, en lo político, el número de ideas parece ser inversamente proporcional al de frases hechas y consignas. Esa es la razón por la que nuestros políticos prefieren siempre el género mitin, donde nadie puede contestarles, al género debate, donde la finalidad es precisamente que alguien tenga la oportunidad de discutirles sus ideas. Porque para debatir de verdad hace falta tener esa cosa rara que van siendo en España las ideas.