EL MARTES por la tarde, mientras leía la carta al director en la que Paco Rodríguez comentaba con gran perspicacia un anterior artículo mío, me entraron por el móvil dos importantes noticias. La primera se refería al pacto presupuestario alcanzado entre Solbes y el PNV, que, a rebufo del modelo de chantaje que nosotros estamos alimentando, consiguió arreglar a su capricho y placer el famoso cupo vasco. La segunda, más enrevesada, hablaba de otro pacto alcanzado in extremis entre Solbes y CiU, que, además de condicionar desde el Estatut la inversión general del Estado, consigue ahora el privilegio de calcular y validar la ejecución de tan esperpéntica disposición. Cuando se empezaba a hablar de replantear el cupo vasco, el PNV consigue que la sobrefinanciación de su autonomía se encamine ya hacia cotas del 160%. Y cuando muchas autonomías lamentan la vigencia de una disposición estatutaria que es jurídicamente aberrante y económicamente insolidaria, los nacionalistas de CiU consiguen que el ministro de Economía y Hacienda se retire a un segundo plano para que sean los propios catalanes los que hagan el cálculo de su privilegio inversor. Sobre nuestras ventajas reducidas y coyunturales -¡este año es así y el que viene ya veremos!-, y sobre la incertidumbre que pesa sobre unos presupuestos que -como denunciaba el martes este periódico- quedan sin ejecutar en proporciones alarmantes, los vascos y catalanes han logrado ventajas portentosas y recurrentes -las vascas ya son para siempre y las catalanas, ad kalendas graecas- que condicionan de forma sustancial las inversiones de toda España. Si algo lamento de mi oficio es esta función de agorero que describe el sábado lo que se confirma el martes. Y, aunque no tengo ninguna duda de la seriedad con la que el BNG aborda su negociación anual con Solbes, no me queda más remedio que insistir en el error que supone el participar en una carrera de presiones que siempre perdemos. Si no me creí las cuentas de la lechera que hacía Fraga con todos sus diputados, tampoco tengo por qué creerme las cuentas de Paco Rodríguez. Y por eso afirmo, con la calculadora en la mano, que nuestra posición relativa es peor ahora -después de que vascos y catalanes arrastrasen de as y cantasen las cuarenta- que antes de la negociación, cuando nosotros estábamos sin los sesenta millones, los vascos tenían su cupo en observación y los catalanes aún no se habían convertido en ejecutores virtuales de los presupuestos del Estado. Las opiniones, ya se sabe, van y vienen. Pero los frutos siempre dan testimonio del árbol. Y yo sigo creyendo que los frutos de este presupuesto son más amargos ahora que quince días atrás.