SÉ QUE es del todo inútil criticar esos programas abyectos que nos ofrecen las televisiones bajo el rótulo de «periodismo del corazón» (¡pobre corazón!). Ni siquiera se me ocurre ya denostarlos o criticarlos con acritud. Un día me dijo uno de sus altos programadores que «eso es lo que el público quiere y, en democracia, el público manda». Y le faltó espetarme (o escupirme): «¿O es que tienes algo contra la democracia?». No, no tengo nada contra la democracia, es obvio, pero sí contra lo que ellos nos ofrecen, porque sólo es -como tantas veces se ha dicho- pura y alienante telebasura (que, eso sí, se beneficia de la democracia). Pero ya dije que hoy no quiero hablar de esto. Por el contrario, hoy quiero remontarme a lo que decían, ilusionadamente, quienes inventaron la televisión. Unos hombres brillantes según los cuales el nuevo prodigio nos iba a permitir ver en tiempo real lo que ocurre en el mundo, saber de otras culturas y otras gentes y enriquecernos con toda clase de conocimientos. Y estoy seguro de que se lo creían, ¡pobres!, y estaban convencidos de que su invento iba a servir para eso. ¡Menos mal que se han muerto! De no ser así, verían con sincero pasmo que, en vez de lo que nos prometieron, ha surgido una realidad muy distinta. La realidad de que hemos acabado dialogando con un electrodoméstico atiborrado de memeces y banalidades que llaman «entretenimiento» y que nos mantiene en una permanente y estúpida adolescencia. Así de distinta es la cosa. Decía el gurú Marshall McLuhan que «modelamos nuestras herramientas y luego éstas nos modelan a nosotros». Creo que eso es lo que está ocurriendo Hemos creado la televisión y ahora ella nos crea a nosotros. Como somos. Pasivos. Permisivos. Triviales. Y socialmente abotargados. Pero no nos lo merecemos. Y algún día habrá que ponerle coto a tales excesos. ¡De corazón!