UNA INMENSA mayoría de los ministros del Gobierno español mandan a sus hijos a colegios privados de élite; hacen lo contrario de lo que recomiendan para el pueblo, devaluando con su mal ejemplo el prestigio de la enseñanza que dicen defender. El laborista Tony Blair es más refinado, envía a los suyos a la pública y contrata a destacados profesores para exclusivas clases particulares en Downing Street. Como político salido de universidad elitista, sabe lo importante que son las distinciones educativas en la competencia por estar en cabeza de todo tipo de jerarquía social. Eso mismo lo saben nuestros políticos, que ejercen un doble lenguaje sistemático: permisividad, sin calidad ni excelencia educativa para la ciudadanía; y mantenimiento y reproducción de los privilegios adquiridos para los que han logrado encaramarse a las nuevas élites del poder. Este tipo de hipocresía es dirigista y controladora, todo lo esteriliza para la regulación de las formas, a la vez que procura extraer de las aulas la complicidad docente para un alineamiento electoral y partidista. El círculo vicioso de la mediocridad asimétrica. Así salen los alarmantes registros de la enseñanza española en el panorama internacional, que tienen su expresión deformada en la violencia y desidia en las aulas, en el fracaso escolar y en el creciente desánimo estudiantil. Los jóvenes perciben que no son el centro del sistema educativo en ninguno de sus niveles: ni en primaria, ni en secundaria, ni en la universidad. Pero nadie mete mano en serio para provocar una verdadera transformación. Los representantes estudiantiles están ideologizados y, más que mirar por la calidad de los títulos y su utilidad en la vida profesional, se ocupan de la defensa de la línea de sus siglas matrices; más que nunca son una correa de transmisión. Los profesores están atrapados por unas reglas de juego perversas y esterilizantes; es costoso y arriesgado el cambio desde dentro, por lo que tienden a limitarse al cumplimiento de lo básico y a sus carreras. No quieren problemas y saben que las innumerables reformas son mero barniz electoralista del gobierno de turno, que al final respetará las estructuras heredadas. Lo más grave es que nuestra encrucijada educativa revela la carencia de vitalidad de la sociedad civil, su falta de voluntad para comprometerse y afrontar los problemas colectivos. Con los partidos y sindicatos instalados en la apariencia, y las asociaciones de padres interesadas básicamente por las notas y currículo de sus propios hijos, no se detecta ningún movimiento que insufle esperanza de verdadero cambio. Todo tendrá que empeorar hasta límites insospechados para que se afronte de verdad el problema, aunque entonces quizás ya sea tarde. Mientras, los que no tengan padres cultos o bien colocados pagarán el pato. Esos son los que dan más pena.