CUANDO un desconocido escritor hindú llamado Salman Rushdie, afincado en Gran Bretaña, saltó a la fama por la fatua o condena a muerte lanzada contra él por el ayatolá Jomeini, por su novela Versos satánicos , a todos los occidentales nos pareció el delirio de un anciano fanático en sus últimos momentos que en nada afectaba a nuestro sistema de libertades. Cuando los talibanes afganos comenzaron a ser conocidos por sus medidas aperturistas , que prohibían incluso la asistencia médica a las mujeres, nos escandalizó lo suficiente como para pensar que eran unos bárbaros. Pero no sería hasta que un anodino y poco conocido personaje, identificado como Osama Bin Laden, reivindicó la comisión de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001 cuando, realmente, comenzamos a preocuparnos por los musulmanes, a los que hasta entonces, en una incomprensible asimilación con los árabes, identificamos con el lujo y el exotismo de los cuentos de Las mil y una noches y los petrodólares. A raíz de aquello nos sumergimos en una absurda paranoia antiterrorista que nos ha hecho perder la perspectiva sobre los límites de lo que es admisible y de lo que no lo es. Desde la publicación de unas desafortunadas viñetas en un diario danés, pasando por una cita del Papa durante una lección magistral, sacada fuera de contexto, seguida por la suspensión de una representación de una obra de Mozart en Berlín, las amenazas de muerte a un profesor francés (bastante dado a la polémica) por las duras críticas vertidas contra Mahoma y el islam y, ahora, la censura a ciertos actos de las típicas fiestas levantinas de moros y cristianos, cada día se acumulan más las teóricas ofensas a los musulmanes que van limitando nuestra libertad de acción, expresión y creación. Para no encender a las hordas de musulmanes más radicales, a quienes les falta sentido del humor y les sobra ignorancia e intolerancia, cada vez acotamos más nuestros derechos fundamentales. Todo, fruto de un temor irracional al que hay que poner freno ya. No podemos olvidar que un miedo similar permitió, hace más de sesenta años, que el fascismo más cruel se adueñara de media Europa, conduciéndonos a uno de los mayores conflictos bélicos de la historia. Una cosa es el respeto y otra muy distinta la claudicación al chantaje.