EL VIERNES pasado a esta hora subía lejos de aquí a un avión de Iberia, donde me entregaron un periódico del jueves. Llevaba varios días sin saber nada de España. Por razones diversas, ni siquiera había podido acceder a Internet, y en las conversaciones telefónicas que había mantenido con el suelo patrio, nadie se había dignado decirme lo suficiente para evitar que, después de tanto tiempo, la lectura de un periódico español casi me produjera un shock . En las estrechuras de la clase turista, hecho un ovillo, evitando molestar a nadie y tratando de meter en algún sitio las piernas, conseguí por fin acomodar el diario y semidesplegarlo. Menudo susto. Fernando Martín decía algo sobre Fadesa, algo que significaba que era suya. Fadesa había sido vendida sin yo enterarme, pero ¿cuándo?, ¿por qué? Un susto más: nueva concentración de eléctricas. Y otro: una historia con título poético, «ácido bórico». Por fin, para más desconcierto, Umbral defendía en la última página al Papa, tantos días después. En Barajas me hice con La Voz, donde lo de Fadesa venía bastante explicado en primera. También se ocupaba de otra historia poética: «La ciudad de la cultura». Dicen que cultura es la forma de pensar, sentir y manifestarse de un pueblo. Así que no sé qué puede tener que ver con eso la ciudad de la cultura, construida por un arquitecto de fuera y para hacerle la competencia a un montón de iniciativas privadas que, con sacrificio y tenacidad de años, han recogido, precisamente, las manifestaciones culturales de éste y de otros pueblos. Museos no nos faltan. Nos falta lo otro: pensamiento y, según en qué cosas, sensibilidad. Pero ni el uno ni la otra se consiguen con edificios gigantescos destinados a no se sabe qué, sino con universidades que puedan comprar libros y... cosas así. pacosanchez@lavoz.es