Claro, Calvo

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

04 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

TRAS LA VENTA de Fadesa, sin darnos tiempo a respirar, se anuncia la posible venta de Calvo, que, desde sus humildes orígenes en Carballo, se había convertido en el mayor grupo conservero de España. Por eso es lógico que nos preguntemos qué pasa, o qué pecado hemos cometido, y cuál puede ser el horizonte de esta cascada de movimientos empresariales. En términos científicos no cabe pensar que Galicia es víctima de un mal fado que nos roba las empresas, o que los mismos audaces empresarios que nos llenaron de orgullo en el pasado, huyen con su dinero cobarde a las madrigueras bancarias. Todos sabemos que la economía se lleva mal con las explicaciones épicas y las descripciones poéticas, y por eso cabe concluir que debe haber una razón para que suceda lo que está sucediendo. Y lo que pasa -diagnosticado por quien no sabe nada de economía- es que nuestras empresas han crecido de forma extraordinaria en un marco desprovisto de recursos financieros para alimentar su crecimiento y sus movimientos estratégicos, y que ese crecimiento sólo puede nutrirse de recursos que al tiempo que impulsan la expansión hacia formas de organización más complejas y deslocalizadas, ponen a sus creadores en riesgo de perder el control del capital social o de hacer frente con sus recursos personales a los avatares de ingentes sociedades que le quitan el hipo a los mismos bancos. Y por eso hay que vender, como primera conclusión, y vender a quien puede comprar, que no vive precisamente en el fogar de Breogán. Visto en estos términos, la lógica del proceso es apabullante, e incluso arroja luz sobre por qué el modelo empresarial vigués -cuya mayor factoría es una deslocalización francesa de Citroën-­­ sale mejor parado que el coruñés. Porque, al haberse basado en la creación de empresas que -desde una lectura gallega del hecho económico- están mejor dimensionadas, constituyen bocados menos apetecibles para los tigres financieros. Si seguimos la lógica empresarial moderna, que considera la galleguidad de las empresas como una simple metáfora, sólo está pasando lo que tiene que pasar, y sólo cabe seguir con curiosidad las evoluciones de un mercado puramente darwiniano. Y si adoptamos una lógica empresarial más enxebre, que considera gallego todo lo que aparca en Galicia, no queda más remedio que contener la respiración ante los vendavales que empiezan a soplar sobre Pescanova, Inditex, el Banco Pastor y un largo etcétera. Pero no se olvide que Galicia, además de grandes empresas, tiene grandes refranes. Y uno de ellos dice -¡oído cocina!- que «aínda nunca choveu que non escapara». Aunque para Hume, que escribía en inglés, tampoco esto nos asegura nada.