LA NOTICIA en Brasil ayer era que Lula no había comparecido en el debate organizado por la cadena de televisión Globo, una de las más potentes del mundo. Estaban los demás candidatos y aprovecharon para hacerle preguntas que él, claro, no pudo responder. En la última encuesta aventajaba a la suma de sus contrincantes, y tenía asegurada, por tanto, la reelección en el primer turno. En esas condiciones, por lo que se ve, prefirió dejar preguntas en el aire a tener que contestarlas. Se comprende, aunque no parezca ni lo más elegante ni lo más democrático. Su partido ha sufrido mucho en las dos últimas semanas, aunque él no parece tocado, como si nada tuviera que ver con la acción de gobierno: un nuevo caso de corrupción, aún no aclarado del todo por la policía, se sumó a la ristra que acumula en su mandato y le obligó a destituir rápidamente a algunos de sus más estrechos colaboradores. Esta vez, da la impresión de que tiene a los medios independientes en contra. Pero las encuestas son tercas y, salvo que se descubra una bolsa gigantesca de voto oculto, será reelegido mañana en primera vuelta y por última vez, puesto que el sistema sólo permite una reelección. Celebré en este lugar el resultado de la votación de hace cuatro años. No la celebraré mañana, si finalmente acontece. Basta con revisar la lista de sus logros y la de su principal oponente, el exgobernador de Sao Paulo, que ha dejado a su sucesor con una tendencia de voto que supera el sesenta por ciento. Tampoco me preocupa, porque Brasil ya es más grande que sus políticos, la vida social y económica lleva ya una senda paralela a la política. Es una pena. Bueno, eso y que sólo el sesenta por ciento de los brasileños se enteraron de que había habido un gran escándalo hace apenas dos semanas. pacosanchez@lavoz.es