CUANDO los tres encapuchados que animaron el fin de fiesta en la celebración del, en idioma aberzale, Gudari Eguna, dijeron hablar en nombre de la banda terrorista ETA, ¿en nombre de qué ETA hablaron? ¿De la que quiere recuperar la normalidad, o de la que quiere seguir amenizando la verbena? ¿En nombre de la que permanece cómodamente instalada en el anonimato, o de la que sufre la pérdida de libertad? Porque tendemos siempre a hablar de ETA como si tras los fines de la banda se escondiese una única idea y una única posición. Y nada más lejos de la realidad. Hay una ETA de presos que saben que pueden recuperar la libertad. Otra de los desesperados que, como Txapote, se expresan, como los asnos, a coces. Hay la ETA de las familias de presos que buscan su acercamiento. Hay la de Josu Ternera. También hay la ETA de los batasunos que ansían la negociación política. Y la ETA de los que se muestran indignados porque De Juana Chaos permanece en prisión. Hay tantas ETA como grupos con intereses propios y ajenos existen. Por eso resulta difícil hacerse una idea de si, tras la exhibición armamentística de Oyarzun, estamos igual o peor que hace unos días. Porque no sabemos si lo dicho por los tres descerebrados responde a la idea que el resto de los descerebrados sostienen. Claro que si sumamos el rebrote de la violencia callejera, los permanentes desafíos aberzales y el escaso compromiso de los batasunos, la situación no es para echar cohetes. Pero quienes primero se tienen que aclarar son los que cada día envían un mensaje diferente. Que son los mismos que tienen que dejarse de demostraciones carnavalescas y decirnos hasta dónde están dispuestos a llegar. Porque, tal y como vamos, uno tiene la impresión de que en cualquier momento podemos volver a las andadas. Y eso sería difícil de digerir. Porque sería como regresar al Paleolítico.