Religión vigilada


QUEREMOS ser tan posmodernos y progresistas que nos pasamos de la raya. Sin darnos cuenta que con nuestra actitud estamos traicionando los presupuestos mismos de la Modernidad: examen crítico de todas las cuestiones, libertad y tolerancia. La Ilustración del siglo XVIII obligó a repensar en un nuevo idioma los valores y las creencias de Occidente, incidiendo sobre todo en los conceptos de Dios, razón, naturaleza y hombre. Somos lo que somos en esta parte del mundo gracias a esa revolución conceptual y hermenéutica. Las declaraciones de derechos humanos y la configuración democrática de los Estados no fueron lluvia caída del cielo sino esfuerzo intelectual y social. Sería bueno que los occidentales que critican el discurso de Benedicto XVI con tanta prodigalidad se preguntasen porqué en los países en los que el islam es la religión mayoritaria todavía está por hacerse esta transformación. Lástima que críticos tan egregios no obren con igual prontitud y contundencia contra las matanzas de cristianos a manos de musulmanes (cientos cada año) o contra la persecución y la pena de muerte a los homosexuales en esos territorios, o se olviden de la persecución a que son sometidos periodistas y escritores de talla mundial por sostener ideas contrarias al islam. Plegarse a las protestas musulmanas no es de recibo.Por otra parte, estamos asistiendo a una burda manipulación de lo que fueron las palabras del Papa, transmitida y amplificada hasta límites insospechados porque vivimos en una aldea global, y utilizada arteramente por ciertos monarcas y autoridades políticas musulmanas para distraer a su opinión pública de los graves problemas internos. Se ha sacado de contexto un corto párrafo de un largo discurso (más lección académica que discurso, por cierto) cuyo telón de fondo resulta ser una profunda reflexión sobre las relaciones entre la razón y la fe y sobre la presencia de la teología en la universidad, y en el que la tesis dominante es que «no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». Probablemente aquéllos que atribuyen las palabras del Papa a su lamentable ignorancia sean realmente los ignorantes, incapaces de leer y comprender un texto tan denso e interesante. Otra cosa no se explica. Hoy, como ayer, hay que educar contra el fanatismo e integrarse en ese gran espacio de acción al servicio de los valores morales fundamentales de la persona.

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