Cada minuto

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

19 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EN los hospitales hay música de cuerda, las sondas; y de metal, las agujas. Está la percusión de los analgésicos y el viento del ánimo que viene y va. Un hospital debe ser hospitalario. Los médicos tienen su jerga. Los pacientes, la suya. Lo que más se necesita en un hospital es un carro de paciencia. Las enfermeras también tienen su lenguaje. Y los acompañantes de los enfermos terminan por hablar un dialecto nuevo. El tiempo en los hospitales está detenido. Congelado. Pospuesto. El blanco invita a pensar en nada, en desiertos. Un hospital es un territorio único, un país aparte: una ducha con manguera, sentado en una silla, te pone en tu sitio. Como en una cárcel o en un spa. Sin salud somos una incógnita que lucha por recuperarse. En los hospitales hay espacios enormes para la bondad. Siempre que hay dolor debe aparecer la bondad, la esponjosa bondad que se contagia. No se contagian sólo los virus. No hay silencio en un hospital, aunque se crea lo contrario. No falta ni un ruido. Las ronqueras, los portazos, el zumbido eterno de los aparatos del aire acondicionado, de las sondas, de los tubos de drenaje, de una tele al fondo, de los que se marchan, de los que esperan, de las máquinas de café, de sólidos, líquidos y gaseosos. Un hospital es un sitio hecho para apretar los dientes y salir adelante. Hacia la luz de las playas, hacia el calor de los cafés con lluvia en los cristales, hacia los abrazos. Un hospital es un lugar para aprender que nunca deben de faltar ni de fallar los abrazos, que hay que importar el ánimo de repúblicas inesperadas. Que no hay que postrarse jamás, que rendirse es una estupidez, que detenerse es perder el tiempo. Que quien deja de pedalear se cae. Que la lotería más hermosa es la suerte de vivir para contarlo. Sólo existe una moneda: los minutos. Y hay que gastarlos y saborearlos siempre. cesar.casal@lavoz.es