ALATRISTE es un triste. Si somos así los españoles, que a(pague) el último. Es mejor película sobre nuestro pasado El perro del hortelano. La escena final de Alatriste parece de Torrente, el abominable. El filme le gustará a Curro Jiménez. No digo que el español, la infiel infantería, no sea un tipo machista tirando a burro apaleado por sus gobernantes. Un individualista y duelista ciego pobretón que mata las horas y las copas con las cartas y las mujeres. Un santo bebedor. Muy amigo de hacer las mismas burradas junto a sus amigos, cuadrilla, colegas. Pero ¿habrá algo más? En Alatriste las mujeres son arribistas o prostitutas. Alatriste se pierde porque no reconoce el amor cuando pasa por delante de sus narices. Odio el mito de que el español no es tierno ni inteligente. Sólo furia y picadores. Cormac McCarthy tiene una frase que retrata a un tipo de español: «En el corazón español hay la profunda convicción de que nada puede probarse si no es con sangre. Vírgenes, toros, hombres». Me niego a ser un español que se resume con los palos de una baraja: bastos, oros, copas y espadas. Tenemos mil matices, mil pueblos, muchas lenguas. ¿Entre el desvarío de Almodóvar y Alatriste no hay nada? ¿Entre Quijote y Sancho? ¿Entre Zapatero y Rajoy? ¿No existe el término medio entre las dos Españas? Pero si siempre hemos sido un país de centro en esta piel de toro machacada por los siglos y las tropelías. La definición de español no es la de un tipo que te da una cuerda para que lo cuelgues. Ni somos lazarillos que te roban la cartera si pueden. La vida no es blanca o negra. Y cualquiera que tiene razón al levantarse puede perderla de noche. Alfonso X el Sabio, Lorca y Pla son españoles, a su manera, la nuestra, la de muchos. Si creo en algo, es en la España del sentido común y de las inmensas minorías. cesar.casal@lavoz.es