JUGÁBAMOS a las guerras. Éramos combatientes de ejércitos inexistentes, cruzados en defensa de los santos lugares, espadachines que ríete tu de Alatriste, jinetes en corceles imaginarios. Las espadas de madera se fueron sustituyendo por carabinas de pega, por pistolas de calamina. Después de la merienda, batalla. El cine era nuestro espejo, el guión de cada tarde. Fuimos piratas, bandidos, beduinos, mosqueteros sin mosquete, zorros vengadores, vaqueros de un Oeste improbable y moros y cristianos. Pero hay otras guerras, las de verdad, que impiden que cuarenta y tres millones de niños puedan asistir a la escuela y aprender los conocimientos básicos para poder desarrollarse como personas. Lo ha denunciado en Madrid Save the Children, organización internacional que lleva casi noventa años trabajando a favor de la infancia. StC aportó el más estremecedor de los datos al subrayar en rojo sangre que en la pasada década fueron asesinados en guerra dos millones de niños. Y quien esto escribe le pone caras a cada uno de ellos en una cinta sin fin, ve el miedo en sus ojos y pide al dios de los niños que cese de una vez el infanticidio salvaje que se ejerce entre los habitantes de los países más pobres de la tierra. Los teólogos solían argumentar que las dos preguntas sin contestar que conforman los grandes interrogantes de la fe se resumían en el silencio de Dios y el sufrimiento de los inocentes. Y no cabe duda de que los niños constituyen ese genérico que tiene en los inocentes las víctimas de un desorden que inunda el mundo de dolor y miseria. Save the Children quiere reivindicar, una vez más, un imposible, que como bien saben es sólo una utopía probable. El reto es escolarizar en poco más de tres años a ocho millones de niños, levantar escuelas y amueblarlas con pizarras y pupitres, con ordenadores y cuadernos en los que se escriba la palabra libertad. El antídoto contra la guerra, contra todas las guerras es la educación, la ilustración que hace a los hombres libres y tolerantes.