La pobreza conceptual de lo obvio

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

DESBORDADO por la inmigración ilegal, e incapacitado para aportar soluciones nuevas, siquiera teóricas, el Gobierno de Madrid empieza a aferrarse a las obviedades, como si detrás de cada evidencia hubiese una genialidad, o como si lo que es obvio desde un punto de vista lo fuese también desde todos los demás. José Blanco dijo la primera obviedad de la serie: que el mercado de trabajo no tiene una capacidad indefinida para asimilar la inmigración descontrolada. Pero el Gobierno, acosado por los sarpullidos de lo obvio, lo tuvo que desautorizar. Después vino la vicepresidenta con otra obviedad: que el que entra ilegalmente está destinado a la repatriación. Pero enseguida aparecieron los jueces para decirle que la obviedad y la justicia no son una misma cosa. La tercera perogrullada la dijo Caldera, al asegurar que los contingentes de inmigrantes legales tienen que guardar relación con la contratación laboral. Pero la realidad no se rige por silogismos en «bárbara», y por eso vengo yo a recordarle que el inmigrante no viene porque nosotros lo demandemos, sino porque él tiene una necesidad perentoria de venir. La cuarta y última obviedad, de la que participa incluso Rubalcaba, consiste en creer que el problema se resuelve si se le pasa a la UE, o que si los cayucos son detectados antes se les puede obligar a regresar. Pero todos sabemos que la cultura europea no admite soluciones de fuerza; que la mayor parte de los inmigrantes entran por Barajas y la frontera francesa, y que de nada vale patrullar los mares con buques armados si su trabajo consiste en llevar los cayucos a tierra y entregárselos a la Guardia Civil. El error de bulto, que nos tiene apampanados, consiste en ignorar que la inmigración es una relación dialéctica entre dos sociedades -una tiránica y miserable y la otra rica y libre- que no puede ser comprendida desde una sola vertiente, y que todo lo que es pura obviedad para los que miran desde un lado, se convierte en pura memez para los que miran desde el otro. Los Hermanos Arriagada ya lo cantaban hace muchos años en un decadente bolero que nuestros emigrantes en Venezuela se sabían de memoria: «¿Quién pararía el río que nace en la montaña?». Pues ese río, señor Zapatero, es la inmigración. Mientras la miseria sea insultante y los países sean tiranías insoportables, la inmigración fluirá constante como un río que, si se embalsa para cortarlo, puede convertirse en una avalancha. La solución sólo se puede articular en origen, y se llama desarrollo. Lo demás son disculpas de mal pagador, o lágrimas de cocodrilo de quienes, con una perspectiva economicista y eurocentrista de la inmigración, están encantados con el desastre.