Gambas a la plancha

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

EL SAQUEO de Roma, el famoso «saco» que vació los tesoros de la capital italiana, no fue nada comparable al abuso de los precios en chiringuitos, terrazas y demás chigres restaurantes y casas de comidas establecidos a lo largo de la costa y en las áreas turísticas de este viejo y golpeado país. Los efectos colaterales los estamos sufriendo en el regreso con los redondeos e incrementos de precios con que nos recibe el otoño, sobre todo en el sector de hostelería. Las gambas a la plancha servidas en un local con pretensiones de un pueblo levantino más parecían ofertadas por una joyería que exhibiera tal producto en sus escaparates. Eran seis preciosas gambas, la sal gorda lucía como si espolvorearan diamantes sobre sus frágiles cuerpos. El turista, en su primer día de vacaciones, se dejó aconsejar por el camarero y pidió la ración sugerida y una caña de cerveza. Al traerle la cuenta se le atragantaron de golpe todas y cada una de las gambas. El total sumaba los seis euros de la caña de cerveza a los 72 euros de las gambas. No se atrevió a pedir las hojas de reclamaciones y prometió solemnemente no tomar más gambas a la plancha, al menos en todo el verano. Dos raciones de paella mixta y prefabricada, adornada con un par de chirlas y un solitario cangrejo que escoltaba a los trozos de pollo que salpimentaban el arroz, fueron la tentación local. Sucedió en la provincia de Valencia, de un matrimonio mayor que pidió, como los guiris, una sangría para acompañar el condumio. Treinta y seis euros les costó cada plato de paella y dieciocho la jarra de sangría, elaborada con el más peleón de los tintos. Iban a pasar quince días y regresaron a León a la semana de soportar los abusos agosteños. Lo único que se podía comprar eran los helados, y me contaron que cenaron todos los días un helado de tres euros y dos sabores. Menos mal. En el norte tampoco quedan gangas para veraneantes. Por supuesto que quien quiera darse un homenaje con percebes, que como ustedes bien saben es el mejor amigo del hombre, no debe quejarse ni sorprenderse. Lo mismo ocurre con camarones y nécoras, con las delicatesen más nobles de los bien llamado frutos del mar, pero lo que no es de recibo es que las ensaladas adquieran la categoría de un centollo o que en una terraza con tres mesas y a pie de puerta de la cafetería te endiñen en el tique un 25 por ciento de servicio de terraza y se queden tan panchos. Somos los clientes quienes pagamos la totalidad del impuesto municipal asignado por los ayuntamientos para el establecimiento de terrazas. La inflación real se dispara y desequilibra en agosto, y en septiembre ya he podido constatar personalmente las consecuencias. El tradicional cortadito de cada mañana subió un treinta por ciento este septiembre y la totalidad de los restaurantes populares de mi barrio acordaron romper la barrera psicológica de los diez euros en el precio del menú del día. Doce euros es ahora la frontera. Marchando, una de gambas. ¡País!