EL GOBIERNO de Senegal, y puede que otros gobiernos, no acaba de tentarse la ropa ni de sentir cómo le tiemblan las piernecillas desde que tuvo noción de las palabras de María Teresa Fernández de la Vega acerca de lo que España no está dispuesta a tolerar en cuanto a oleadas de cayuqueiros . ¡Qué genio el de la vicepresidenta! ¡Cuan firme su ademán! ¡Cuan disuasorios sus gestos! ¡Qué dureza en la mirada! ¡Qué autoridad en su dicción! ¡Qué miedo toda ella daba! Sobre todo después de haber enviado a Senegal al director del Centro Nacional de Inteligencia, al director de la Guardia Civil, al ministro del Interior, al secretario de Estado de Seguridad y al de Exteriores. Si la secuencia de los caballeros debió de impresionar al Senegal, la enérgica conclusión de la gran dama lo ha debido de dejar temblando. No deja de ser curioso tanto alarde de fiereza escenográfica en contraste con la ocasión sutil y perfectamente cogida por los pelos por Felipe González al plantarse en Teherán para hacerse eco -cualquiera sabe por dónde- de aquello que dijo el general israelí Dayan: «Si buscas la paz no hables con los amigos, hazlo con los enemigos». Una visita que debió de pillar algo en la inopia al PP que la tachó de «inoportuna». Si de algo tenía poco ese viaje era de eso, precisamente; una calificación con la que el PP ha perdido la oportunidad de criticar las gestiones de Zapatero, vía Moratinos, con el material puesto en manos de la oposición por un Felipe González tan en sazón y en la cúspide de sus influencias, que ahora sí que no hay manera de saber si sube o baja, si entra o sale, si ying o yang. Un Felipe González hecho vivo ejemplo de lo sabio que puede llegar a ser que la mano izquierda viva en la mejor ignorancia de lo que hace la derecha para ganarse la vida, entretener ciertos ocios o entregarse a los demás. Puede que deslumbrados los analistas del PP ante tal dominio y tanta falta de miedo escénico por parte de un estupendo estadista europeo, hayan dejado de percatarse de ciertas hipótesis suscitadas por el encuentro en Teherán. Un encuentro del que no se puede decir si ha suscitado más sorpresa inquietante que paralizadora, dado que nadie parece dispuesto a saber -siquiera a preguntar- de quién partió la iniciativa y cómo se establecieron protocolos y detalles entre el presidente Zapatero y Javier Solana, o viceversa. Tal vez acierten los taimados que entre dientes aseguran que la aparición de González en Teherán ha dejado tan pasmados y acezantes a los analistas del PP como la del fantasma del padre de Hamlet en lo alto de la torre. Porque llama la atención que ninguno de ellos haya planteado hasta qué punto puede resultar conveniente una dosis de esquizofrenia a una diplomacia ya tan dotada de opacidad y espesor como la española. Y que ninguno haya reclamado la presencia de Felipe González en el Parlamento, no ya para explicar ciertas cosas y detalles a unos parlamentarios a quienes puede ser que no les importe, sino a nosotros, que somos quienes corremos con los gastos. Claro que puede surgir un listo que nos diga que ese viaje no lo ha pagado el dinero público. En ese caso, ¿quién? Y no es por señalar.