LA PÁGINA de ayer duró un mes entero y ambos tomamos vacaciones. No sé, querido diario, si debo llamarte blog o seguir usando la vieja y tradicional fórmula, como la que encabeza este artículo. En el despacho el ordenador tenía una mirada glauca, me miraba sin ver, como miran los ciegos. Lo encendí como quien comete una deslealtad después de un mes apagado, y el muy taimado me preguntó todo tipo de claves que casi había olvidado, para dejarme entrar en mi correo electrónico saturado de anuncios de maravillosos, jobs , viagras a bajo precio y casinos virtuales. Y poco a poco todo fue ubicándose en su lugar y recuperamos el tiempo perdido. Que no fue tal, ha sido un tiempo ganado en legítima alianza con la pereza, convertimos agosto en una terraza del mediodía con el torpe sol del norte colándose por las rendijas de luz de las sombrillas, y quedándose a leer los periódicos en los veladores junto a la cerveza y a las olivas. Ha sido un/otro agosto paseado, comentado con los amigos, bebido caña a caña y vino a vino desde las mañanas mediadas hasta que la luna se pierde en un vaso de gin tonic. Donde yo veraneo, querido diario, las noches son una carrera lenta de brisas convocadas, y quería contartelo, decirte cómo es la cintura de mi pueblo, su talle y sus abrazos de despedida. Se alegra como tú lo has hecho hoy, cuando regreso, y yo sigo siendo fiel a su llamada. Se nos han ido Hilario Camacho, Mahfuz y Glenn Ford, cerrando el obituario de agosto que abrió un cómico, Ángel de Andrés, cuando el mes estaba comenzando. Ardió, otra vez, Galicia y a las playas del primer mundo siguieron llegando cayucos con escala en las Canarias. En ellos también ha viajado la muerte. Ya estamos todos. A los pueblos de julio y de agosto está llegando la soledad de los otoños. Las lluvias no frecuentaron mis paisajes. El señor anticiclón no se entendió con doña borrasca, y el nordés campó a sus anchas por el territorio del país del norte. Escribo nada más arribar a este puerto seco que es Madrid. Comienzo, como cuando era adolescente, un nuevo curso. Espero poder seguir contando y pasando páginas de mi escritorio, de mi compañero pc, durante el paréntesis que media entre dos agostos, llenándolo de ilusiones si no nuevas al menos renovadas. Estoy seguro, compañero ordenador, de que tú también padeces la enfermedad de la nostalgia y como yo sufres del mal de la melancolía. Lo he notado tantas veces. Y ahora, cuando escribo la primera página de septiembre, he vuelto a percibirlo, querido diario.