Hablar por no callar

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

UNA DE las ventajas del verano y de las universidades de verano es que mientras los egos se explayan y rebosan, el personal se relaja y despreocupa y, de repente, se le pilla con la boca caliente y la cabeza en Babia y en disposición de decir cosas morrocotudas y sorprendentes que ayudan, sin embargo, a comprender las razones de otros fenómenos que, para ventaja de esa comprensión, ni siquiera se ordenan en una perspectiva inconexa. Hace unas semanas viajó a los Estados Unidos una delegación del PSOE con propósitos más bien vagos o explicados de un modo tan circunstancial como para que diera la impresión de que era un viaje de simple contacto con el Partido Demócrata. El asunto no se vio más esclarecido cuando, puesta en América la delegación, los delegados no tuvieron más remedio que entrar en la conciencia de lo difícil que les resultaba echar el guante a y pelar la pava con cualquiera que pasara por allí con pinta de tener algo que ver con el partido de Hillary Clinton. La histórica influencia que España ejerce sobre los asuntos y las decisiones europeas no parece lucir mejor pelaje, y tampoco se tiene noticia del menor indicio acerca de que las presiones de Rodríguez Zapatero para que Javier Solana acepte la candidatura a la alcaldía de Madrid hagan algún efecto en el concernido. Da la impresión de que hay algo que no se está haciendo o que se está haciendo mal o sobre lo que ya no hay nada que hacer (cosa que en el terreno de la diplomacia, al igual que en otros terrenos, resulta siempre tan insólita como preocupante). Puede que la impresión responda a una percepción poco lúcida de las cosas o tan empañada como viene a ser normal cuando las cosas se producen con no demasiada transparencia. Y puede que haya ocasiones en las que esa transparencia se adueñe de las cosas para ponerlas bajo la luz más cruda. Una de esas ocasiones bien podría ser el momento en el que Máximo Cajal abrió la boca para defender el derecho a tener armamento nuclear por parte de Irán, y dejar con un palmo de narices, atónitos y bastante estupefactos a cuantos se ganan la vida con algo relacionado con la diplomacia, oficio en el que Cajal acreditó toda su soltura hace casi veinticinco años en Guatemala, cuando cedió la extraterritorialidad de la embajada española a los antigubernamentales, y los gubernamentales le dejaron la embajada hecha unos zorros. Conviene subrayar que este hombre salió sangrando de aquel brete en el que se jugó la vida, y que ahora es improbable que se juegue siquiera su puesto de asesor de Zapatero para la Alianza de las Civilizaciones. Cajal merece todos los respetos dignos de quien actúa y habla desde el rigor de su conciencia. En ese sentido puede ser o, mejor dicho, es un hombre valeroso y admirable. Pero tiende a olvidarse que hay cosas que, cuando deben hacerse, han de hacerse sin que se note, y cosas que se piensan sin que haya que decirlas. Ahora bien, ¿en qué beneficia a los intereses generales españoles la gestión y la locuacidad de un hombre rigurosamente mal dotado para un empleo que exige discreción, disimulo y, probablemente, hasta otra conciencia?