Catástrofes a la gallega

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

PARECE que nadie aprende de los males ajenos y que la catástrofe del Prestige hubiera acontecido en otra tierra. Así lo revela el desconcierto del actual Gobierno gallego durante la crisis de los incendios forestales. Primero infravaloró la dimensión del fuego, como un accidente ocasional de limitadas dimensiones. Aparentemente todo estaba bajo control, pero cuando se desataron las llamas se centraron más en buscar teorías políticas para una justificación de la incompetencia práctica que en conseguir un operativo eficaz. Y así se agarraron a las imputaciones de terrorismo flamígero con variedades de tramas superpuestas. La evidencia de los hechos concretos no los contuvo. Ni los informes de campo de la Guardia Civil ni la variedad de la tipología de los detenidos, en la que figuraban desde ancianos predementes hasta un candidato local de una formación del bipartito, frenaron la diversidad de imputaciones a supuestas tramas negras. Todo lo que no funcionaba lo atribuían a enemigos externos. Años de estudio de la problemática forestal, la regularidad estadística de las agresiones incendiarias al monte, la enseñanza de los años de acierto en la contención de la plaga; nada de lo que se puede saber sobre el monte, su cuidado, desarrollo o destrucción, ha sido utilizado para construir una explicación racional de los incendios. Han preferido culpar a los demás antes que proceder a una sincera autocrítica propia de quienes detentaban la titularidad de la gestión. Y se han excedido en la retórica de exculpatoria. Que si la dispersión de la población -curiosamente, cada vez más concentrada-; que si el anterior modelo forestal, el mejor que se haya instrumentado en Galicia; que si el abandono del monte -cuando nunca se ha repoblado e invertido tanto-; todo ha sido una sorprendente renuncia al rigor analítico en materia forestal. De la que no se han sustraído los líderes de Nunca Máis. Roza el esperpento que ante una catástrofe las manifestaciones se hagan contra la oposición y a favor del Gobierno que detenta los resortes y la responsabilidad de la gestión. Los que tenemos memoria histórica sabemos que tal comportamiento era propio de etapas predemocráticas. La izquierda debe cambiar de talante. Su hegemonía en el apoyo televisivo, el de mayor consumo de masas y el más acrítico, no debiera descuidar el sentido autocrítico y el uso de la razón política al servicio de la verdad social.