Pazo de Outeiro

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

19 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

UN ESTUPENDO día de amigos me llevó de Santiago a A Toxa, pero en una pesadilla de kilómetros lineales estragados por el paso de psicóticos y demás, kilómetros cuadrados de carbón que fueron vida hasta que pasaron los psicóticos y los otros, kilómetros cúbicos de humo y bruma negra que tenemos que no agradecer a esa turbamulta desaforada de psicóticos y de malvados que se han tomado al pie de la letra, en la etimología más literalmente negra y necia, que tenemos que ser «fogar» de Breogán o de quien sea, pero «fogar» que viene de fuego. Da vergüenza que la familia de fuera te llame para saber que no te has quemado y para preguntar qué venenosa paranoia invade a los gallegos y a Galicia, que ya sabíamos mucho de calamidades, pero no tanto como ni podíamos sospechar... Por quisicosas que no les cuento este año no pude refocilarme -dije bien y limpiamente refocilarme, como el anciano santo Rey David con la sunamita- en mi Cortegada y arreé pronto para La Rioja (normalizado, A Rioxa). Algunos saben de qué quisicosas les hablo, algunos otros no lo saben y, como en el cuento árabe que nos traducía mi padre ¡toma memoria histórica!, los que lo saben que se lo cuenten a los que no lo saben, que yo tengo otras prisas. Aquí me tienen, riojano entre uvas, corzos y jabalíes, apurando filologías muy a la gallega, porque Quevedo las resumía muy bien en lo de «vivo en conversación con los difuntos», y disfrutando un campo rico y limpio, sin humos, sin psicóticos, sin malvados. Lo de menos es haberme venido en pleno agosto del agobio de Galicia a un fresco ventoso que para febrero no estaría mal. Pero la llamada de un hermano me devuelve a Cortegada por la vía rápida y traumática. Resulta que la patulea de psicóticos y de malos ha conseguido quemarme el pazo de Outeiro, que me recreó los ojos millenta veces al pasar Francelos y presentir ya Cortegada, en la ladera que baja de Melón sobre el Outeiro o Brul, que fue más truchero de lo que es, en esa apoteosis de la retina que llamamos O Ribeiro, teniendo a la izquierda la majestad del padre Miño, ahora charca, y allá enfrente, no el Estambul que veía el pirata de Espronceda, sino la Arnoia que encandila a todo aquel al que el mundo entero le importe un pimiento o, mejor todavía, que sepa que no hay mundo como el de los pimientos de Arnoia, que se te pierde el diente en ellos. Maldigo mil veces al psicótico o al malintencionado, o ambas cosas, que me quemó aquella belleza de Outeiro con su ciprés, su palmera, sus acacias¿ Y tras días sin querer noticias para no amargar mi condición de gallego, hoy he tenido premio con una borrasca que dicen que envía la otrora pérfida Albión y que le ha parado los pies, las manos, los cuernos¿ a la legión de psicóticos y de malvados. Y dije bien lo de legión, no porque vengan de Roma, sino por aquello del Evangelio y Jesús preguntando por el nombre del demonio que zarandeaba al pobre hombre: «Mi nombre es Legión porque somos muchos». Demasiados, diría yo.