Las fiestas de los pueblos

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

17 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

OTROS fuegos -en esta ocasión, los artificiales, los de artificio y lucería, como antaño subrayaban los programas festeros- incendiaron los cielos de Galicia. Fue un momento mágico para poner un paréntesis feliz a la semana grande de Nuestra Señora, la de los mil nombres y san Roque hermano menor en patronazgo de Santiago en este antiguo reino que se recupera de sus llagas, de su piel quemada, cauterizando las cicatrices que aún permanecen abiertas bajo una capa de ceniza. Aunque este verano va a ser muy difícil de olvidar, e incluso debo escribir que es menester no olvidarlo nunca, el nordés decretó una tregua para bailar convertido en brisa en las plazas mayores de las fiestas patronales. Desde A Guardia hasta Ribadeo-por seguir el hilo de la costa-, desde Monforte a Cervo, la fiesta fue una banda sonora de batucas y cabritiñas, de merengue y de bachata interpretada por los centenares de orquestas clónicas que subidas o encaramadas en lo alto de gigantescos camiones escenarios, multiplican la oferta de animadores, vocalistas caribeños, percusionistas cubanos y coristas minifalderas que ilustran la copla española con sintonía enlatada de caja de ritmos. Esto, mis queridos lectores, ya no es lo que era. Pero la fiesta pervive, es el encuentro anual, la cita y el abrazo, y Galicia es un país festero capaz de reponerse, de posponer el duelo de una tierra devastada por el fuego, impertinente y permanente vecino de todos los veranos. La semana grande detuvo las llamas, apagó brasas y rescoldos. Es, así lo deseamos y relativizamos con el atávico humor que nos caracteriza como pueblo, algo más que una tregua. Queremos que sea un alto el fuego que decrete el cese definitivo de una quema alevosa y criminal que incineró en los primeros días de agosto todo nuestro futuro. Nadie va a curar las heridas profundas en una extensión similar a 77.000 campos de futbol que afectó a todos los montes y bosques de Galicia. Las fiestas de los pueblos llegaron con su poder salvífico de magos taumaturgos que pusieron el color a la ceniza. Llegaron como llegan las lluvias, con su carro anual cargado de fantasía; llegaron para impedir el luto que no ha de perdurar, y Galicia bailó hasta aguardar la madrugada en este puente que convirtió el lunes en sábado y el martes en domingo. Porque así somos y así seguiremos siendo, un país y unas gentes que a lo largo de la historia hemos aprendido a sobreponernos a las desgracias, a capear el temporal, a esquivar la tragedia. Hay un tiempo para cada cosa, y en verano, durante agosto, los santos patronos de villas y ciudades, si tienen que ejercer de bomberos, saben hacerlo desde que san Roque aplacó la peste que hizo de Galicia un lazareto. Sucedió hace algunos siglos, y hoy en su honor se celebran muchas fiestas en numerosos pueblos de esta geografía calcinada por el fuego.