LAS CIFRAS de la catástrofe incendiaria se han ido desgranando como latigazos sobre el costado indefenso y dolorido de nuestra tierra. Ahora nos quedan las llagas negras del fuego, secuelas de una marea de llamas aniquiladoras prendidas por manos bárbaras y despiadadas. Y nos queda la memoria viva, encendida -también incendiada- de unos días en los que debajo de nuestros pies ya no crecía la hierba sino el fuego, como acreditaron vecinos de zonas afectadas. La explosión de fuego era ciega, como el terremoto submarino que todavía no ha emergido y que, cuando lo hace, siembra la desolación en forma de tsunami. En nuestros lares, unas personas tiznadas y agotadas por el esfuerzo han resistido bravamente y le han echado -y le siguen echando- un pulso a las llamas. El pulso desproporcionado de David contra Goliat. Pero ellos se saben David desde siempre, como el pirómano se sabe el mal. El fuego cedió y se apagó. A pesar de su furia y de la catástrofe que ha burilado en la piel de nuestra tierra, siempre acaba por remitir y perder. Y el hombre tiznado, con los pulmones asaeteados por el humo, ve su victoria en medio de la desolación. Porque el mal es mucho y la victoria, pírrica... pero vital, irrenunciable. Y volverá sus ojos hacia ese Estado que, según el presidente Zapatero, no nos abandonará nunca. Y exigiremos y esperaremos justicia, que es el otro nombre de la solidaridad. Y exigiremos y esperaremos que Nunca Máis sea algo más que el nombre de un oportunismo político. Porque otra vez hay que decir «nunca máis» con la misma energía de antes, sin excusas cutre-ideológicas ni trapaceras politiquerías de campanario. No se pueden repetir estos desastres que descalifican la supuesta modernidad de todo un país. Nunca máis quiere decir más prevención, más investigación (también de las causas) y más medios (aunque la ministra Narbona todavía no lo entienda así). Galicia es verde, y era exultantemente verde cuando la recorrí en julio. Hoy es un cadaval. Y a esto todos debemos decir «nunca máis». Porque es posible conseguirlo. Y aún más: es obligado. Ya está bien de dejarnos sorprender por lo que se puede prevenir. Los políticos deben tomar buena nota.