SÓLO nos queda la conciencia. Poca cosa es después de violar a una niña de 14 años y de matar a sus padres y a su hermana de seis años en la habitación de al lado. La conciencia es lo que ha llevado al soldado especialista (¿especialista en qué?, ¿en horror?) James Barker a contar lo que sucedió en Irak. «Mientras estábamos jugando a los naipes y bebiendo whisky, surgió la idea de ir a una casa iraquí, violar a una mujer y matar a su familia». Así de sencillo. Lo hicieron paso a paso, asco a asco. Lo hicieron para vengar la muerte de compañeros a manos de los insurgentes. ¿Quiénes son los insurgentes en un país ocupado? ¿Irak es un país ocupado o liberado? Quisieron vengar a sus amigos y, encendidos por el alcohol, se presentaron en un hogar, dulce hogar, a veces. Encerraron a los padres y a la niña pequeña en una habitación y, en la otra, violaron a la hermana mayor. Primero, uno. Después, el segundo, que dejó de hacerlo, aunque no lo recuerda bien, porque oyó disparos. Los tiros fueron de otro soldado, el que retenía a los padres, que cansado de esperar descargó su fusil AK-47 en padres y niña. Entró en el cuarto de las violaciones y acabó lo que no había culminado el anterior en su turno. Fueron violaciones por turno. Después de violarla, mientras la sujetaba su superior, volvió a coger su fusil y la mató. No es una novela de miedo. Sucedió cerca de Bagdad y es el horror de las guerras, justo al tiempo que se desvela que en Vietnam las crueldades de este tipo fueron mucho más de las que se creían. Ésta de Irak hiela una llama. Antes de violar y matar, tuvieron tiempo de jugar una partida de golf. Tras violar y matar, uno de ellos asó unas alitas de pollo y se pusieron a comer. Para hacer la digestión de sus crímenes. cesar.casal@lavoz.es