LOS ABORTADOS planes para hacer volar una decena de aviones entre Gran Bretaña y Estados Unidos siguen dando que hablar. La horrorosa magnitud de lo proyectado lo justifica. La explosión de 10 aviones habría significado unos ¡tres mil muertos! El hecho ya empieza a tener incidencia en el turismo y en la economía de los sectores más insospechados: la prohibición de llevar nada líquido en el equipaje de mano es un mazazo para las tiendas de todos los aeropuertos. La eficaz policía británica ha neutralizado, tal vez por cuarta vez, otra espeluznante catástrofe y, mientras se abre camino que, tarde o temprano, los terroristas conseguirán irremediablemente otro golpe espectacular, se vislumbra otra conclusión: a diferencia de Estados Unidos, un sector no despreciable de las minorías islámicas en Europa no es asimilado por nuestras sociedades. En Gran Bretaña, como ocurrió con el atentado de julio del año pasado, los conspiradores de esta ocasión no eran extranjeros sino jóvenes de diversas capas sociales de ascendencia paquistaní pero criados en Londres, Manchester o Birmingham. Hay de qué preocuparse. Serias encuestas indican que el 81% de los musulmanes que viven en las islas se sienten antes islámicos que británicos. El 68% de ellos tiene una visión negativa de los judíos. La desconfianza hacia esa comunidad islámica crecerá con el alumbramiento del complot. La prensa revela indicios de que grupos de jóvenes musulmanes se han estado entrenando en prácticas terroristas en el norte del país y de algo más alarmante: parte del dinero gastado en los preparativos criminales provenía de una asociación benéfica islámica, la Jamaat ud Dawa, que lo habría recolectado en Gran Bretaña con destino a los damnificados del terremoto en Pakistán. De confirmarse, este desvío de fondos crearía aun más problemas. De su lado, la desconfianza de los musulmanes hacia la sociedad británica aumenta igualmente. Por descabellado que parezca, un porcentaje elevado de ellos no cree en la versión dada por Scotland Yard sobre los detenidos y especula con que es un montaje para favorecer la imagen y la política de Blair. Incluso los dirigentes moderados musulmanes se envalentonan. En Estados Unidos, las manifestaciones de Bush en el sentido de que hay unos «islamofascistas» que han declarado la guerra a Occidente levanta críticas en los círculos musulmanes de aquel país. Uno, desde Europa, tiene derecho a preguntarse por qué los sistemas totalitarios occidentales (nazismo, fascismo) deben ser llamados fascistas y cuando se habla de unos grupos violentos, de parecida concepción totalitaria y que además cometen atentados multitudinarios, ponerles el obvio calificativo de fascistas hiere la sensibilidad de todos los musulmanes. Si hay un grupo de ellos con un comportamiento violento y fascista, no hay razón ninguna para llamarles de otro modo. Más seria y profunda es la queja formulada por un muy nutrido grupo de sociedades islámicas británicas en una carta dirigida a Blair y que, lógicamente, parece haber disgustado al Gobierno de Londres. En la misiva se da a entender que la política de Londres de seguimiento de Estados Unidos en Irak provoca la cólera de sectores musulmanes del mundo y, en consecuencia, produce reacciones que llevan implícita una amenaza para la población británica. El corolario es que para evitar los atentados habría que cambiar esa política. La sugerencia es de calado. Su puesta en práctica significaría aceptar que unos terroristas tienen en su mano modificar la política exterior de una nación. Constituiría un precedente nefasto. Si se considera que la política de Blair en Irak es equivocada, o si se estima que su actuación en el Líbano es inadecuada, hay que manifestarlo así para que se altere. En última instancia, en una democracia, no hay que apoyarlo en las elecciones. Admitir que se modifique toda una política exterior por el temor a unos fanáticos desalmados es una cobardía y un mal servicio a la democracia.