LA SITUACIÓN en Oriente Medio ha dejado de ser exclusivamente una cuestión política para convertirse en un problema que amenaza con socavar las bases sobre las que se asienta nuestra civilización. La ley y la justicia han dejado de existir en esa parte del mundo y todo el legado humanístico está sometido a tal prueba que es muy posible que pierda todo su sentido si se sigue consintiendo la violación sistemática de los más elementales derechos humanos. Quienes todavía justifican la política de Estados Unidos -y de Israel- en Oriente Medio en razón de sus principios democráticos prescinden del hecho esencial de que nunca ha habido correspondencia entre las libertades existentes en Occidente y el sistema de pillaje, opresión y barbarie avalado por éste de puertas afuera. Y olvidan también que esos principios se han devaluado de forma preocupante desde el 11-S. La pervivencia de la prisión de Guantánamo, la oposición estadounidense al Tribunal Penal Internacional, las torturas en las cárceles iraquíes o los centros clandestinos diseminados por todo el mundo en los que se practican tratos crueles, degradantes e inhumanos a los detenidos son hechos gravísimos, que no sólo han representado un retroceso notable en el reconocimiento de los derechos humanos, sino que han deslegitimado su carácter universal e impedido su aplicación efectiva. No menos inquietante es la censura -o autocensura- a la que se han visto sometidos los medios de comunicación. Por eso las noticias sobre la muerte de palestinos o iraquíes ocupan cada día menos espacio -como sucederá en el Líbano cuando se supere la fase aguda de la crisis-, y su tratamiento informativo parece perseguir la ritualización del drama con el fin de reducir el impacto en nuestras sociedades. En el terreno estrictamente político, el resultado no es mucho mejor. En efecto, Afganistán es hoy una sociedad convulsa, dominada por los señores de la guerra en conflicto irresoluble con los islamistas; Irak es un país caótico amenazado por una guerra civil comunitaria -amenaza que también se cierne sobre el Líbano tras la invasión israelí-, y los asesinos de Al Qaida han podido, gracias a la ocupación, poner los pies en un país cuyo acceso les estaba vedado. El discurso islamista domina la escena y estructura el pensamiento mientras el rechazo del mundo árabe y musulmán a Estados Unidos e Israel, y por ende a todo Occidente, es cada vez más amplio y radical. Y de Rabat a Yakarta, pasando por Estambul y El Cairo, se multiplican las metástasis. La lección es evidente. En Oriente Próximo, como tantas veces a lo largo de la historia, se está cumpliendo a rajatabla la predicción política que Robespierre hizo en 1792: «La más extravagante de las ideas que puede anidar en la mente de un político es creer que basta que un pueblo entre a mano armada en un pueblo extranjero para que éste adopte sus leyes y su constitución. Nadie quiere a los misioneros armados, y el primer consejo que dan la naturaleza y la prudencia es rechazarlos como enemigos».