AYER POR la tarde, mientras las brigadas y los vecinos de Cee estaban intentando cerrarle el paso a las llamas, utilizando como cortafuegos una estrecha carretera, una simple hoja incendiada y arrastrada por el viento fue suficiente para que el fuego saltase tan frágil barrera y pusiese en serio compromiso todo el aparato de extinción allí reunido. Este hecho no descarta, ni mucho menos, que haya habido y siga habiendo incendiarios. Pero es evidente que nos releva de la obligación de atribuirle a las tramas todo cuanto tiene que ver con la multiplicación de los fuegos en un área que ya está ardiendo. Cualquiera que haya visto de cerca un incendio forestal sabe cómo se expanden las piñas quemadas, las ramas arrancadas o los rastrojos arrastrados por el viento. Y por eso hay que empezar a ver con menos milagrería el hecho sabido y comprobado de que la expansión natural de los incendios crece de forma exponencial en relación con el incremento de sus focos. De acuerdo con los datos facilitados por las autoridades judiciales y policiales, también se está poniendo de manifiesto que la mayor parte de los incendiarios detenidos forman un grupo absolutamente heterogéneo en su personalidad, en sus motivaciones, en sus capacidades y en su modus operandi, y que todo indica que, más que encontrarnos ante el descubrimiento de una trama, las investigaciones de la Guardia Civil apuntan al mismo problema de siempre: enfermos, resentidos, gentes con problemas psicológicos, irresponsables, estúpidos y -¡faltaría más!- algunos malvados que, más que ser la explicación inicial de la trágica situación que vivimos, parecen parasitar sobre la multiplicación natural y dramática de los primeros incendios. No se trata de negar la existencia de incendiaros criminales que de forma intencionada multiplican los daños del fuego. Pero hay que empezar a sospechar que la catástrofe es mucho más natural de lo que parece, y que toda esa requintada explicación que exige la intervención de expertos que planifican los efectos, la hora y la dirección de cada fuego (hacia las casas, las fábricas y las comunicaciones) responde más al estupor en el que nos tiene sumidos la catástrofe que a la existencia de hechos comprobados que, a salvo de la magnitud y de las pésimas circunstancias meteorológicas que padecemos, distingan esta catástrofe de las que tuvimos en 1989 y en otros años del ciclo intermedio. Si las cosas son así, como creo, conviene modificar el discurso oficioso. Porque un mal diagnóstico de lo que pasa ahora puede llevarnos a improvisar, como ya sucedió otras veces, soluciones muy costosas y claramente ineficaces. Y ese es un error que esta vez no podemos cometer.