ES COMO un Prestige vomitando llamas. Los malditos incendios de estos días tienen el alma negra de sus provocadores conscientes y deliberados, desalmados. Un reguero de humo delata su presencia múltiple, su avance siniestro, su peligro homicida. Es una catástrofe sin paliativos. Días negros con récords de desolación y de riesgo. Multitudes otra vez en pie contra este nuevo chapapote abrasador. La contaminación que se extiende a la par de las llamas. Campesinos insomnes que luchan sin medios contra un fuego propagado por un viento enloquecido. «Esto es una guerra», dicen los vecinos desbordados. Y lo es. No de las que reciben este nombre en los medios de comunicación. Pero es una guerra. Con un enemigo claramente identificado: el fuego. Aunque el verdadero enemigo sean esos siniestros pirómanos que lanzan la piedra incendiaria y esconden la mano. Y la cara. Porque no hay expresión que soporte la ignominia de titularse autor de esa degradación suicida del medio ambiente, que es el retrato impecable -e implacable- de la degradación de su condición humana. Suicidas en realidad que lanzan llamas contra lo que son. Un horror que exige un compromiso por parte de todos para ponerle término. Ya.