LA ENVERGADURA del desastre es ya inimaginable. Pero a medida que avanza la humareda, el ruido de los aviones y los helicópteros y el olor a chamusquina, parece crecer también la tentación de sindicalistas y políticos de entrar a saco al reparto de la gran tarta de la exigencia de responsabilidades que todos empiezan a otear en un horizonte muy cercano. Ayer pudieron verse en los edificios administrativos de la Xunta montones de carteles en los que la CIG echaba toda la culpa del horror en el que vivimos desde hace una semana a la Xunta de Galicia... pero no a esta Xunta, ¡sino a la que gobernaba en el 2004! El negocio resulta, desde luego, pistonudo: según la CIG, el Gobierno es el responsable de la gestión, acertada o equivocada, de una crisis, solo si son los adversarios políticos los que están en el Gobierno; pero si los que están en él son los amigos, entonces la crisis debe cargarse sin disimulo a quien está en la oposición. Es ese, ahora, desde luego, un mal camino. De hecho, y lo dije ya el martes en estas mismas páginas, el peor camino imaginable en la presente situación. Pues se puede y se debe pedir a la oposición que no saque la navaja y se tire al cuello del Gobierno mientras arde Galicia como no ha ardido nunca a lo largo de su historia. A cambio, claro está, de que no sean el Gobierno, o sus parciales, quienes pongan a la oposición en la picota. Tiempo habrá para saber quién tiene que pagar por este cataclismo, si es que alguien, además de los desalmados que le plantan fuego al monte, tuviera finalmente que pagar. Pero ahora lo que toca es dar una imagen de unidad, aunque no sea más que por no añadir el espectáculo sangrante de la greña partidista al sufrimiento de los miles de gallegos que están haciendo frente a las llamas sin otra ayuda que sus calderos, sus mangueras y sus ganas de ganar la guerra al fuego. Unidad, por tanto, porque se la merecen las víctimas directas de este horror. Y unidad también para pedir la ayuda del Estado, sin la que no seremos capaces de recuperarnos cuando, tras el final del fuego, retorne la calma y podamos comenzar a evaluar lo que ha quedado calcinado. Pues todos estamos ya pensando en que el Estado ha de venir a socorrernos. No estará mal que lo tengan en cuenta los que, en cuanto llueva, volverán de nuevo a darnos la matraca con los derechos nacionales de Galicia y todas esas maravillas de las que nadie se acuerda ahora, cuando hay que tocar a rebato para que nos ayude quien nos ha ayudado en el pasado y volverá a hacerlo, seguro, en el futuro: ese Estado español del que algunos se empeñan en hablar siempre con desprecio.