Todos fuimos castristas

OPINIÓN

TODOS, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido fervorosos castristas. Esto es, hemos visto a Fidel Castro como el gran líder, cuyos planteamientos antiimperialistas nos llenaban de gozo. Su oposición a los dominadores nos cautivó. Sus hazañas por Sierra Maestra nos entusiasmaron. Y sus discursos nos sirvieron para adaptarlos a las necesidades del momento y para salir airosos de más de una discusión. Pero ocurrió que un día nos dimos cuenta de que el Che Guevara, a quien también admirábamos mucho, lo abandonó sin decirle ni adiós. Y supimos que ninguno de los que le acompañó en la revolución pudo soportar sus caprichos. Y que estos, o escapaban a su dominio, o acababan con su disidencia en las cárceles de la isla. Y supimos también que estaba dirigiendo los destinos de Cuba a imagen y semejanza de Kruchev, Idi Amín o Franco. Y, lo que es peor, supimos que aplicaba sin remordimiento alguno la pena de muerte, incluso a quienes le ayudaron a llegar a donde llegó, siempre, eso sí, en aras de la defensa de la causa revolucionaria. Así que un buen día nos dimos cuenta de que habíamos cometido un error, de los muchos que se cometen en la adolescencia y que se mantienen hasta que te vas quedando calvo. Y entonces pedimos una democracia para los cubanos con la que Castro y toda su camarilla dejaran de torturarlos. Nos hubiera gustado que se le ofreciera una jubilación de esas que ofrece Botín, pero no pudo ser. Y discrepamos de los caraduras que se alimentan de escribirle panegíricos y de recorrer el mundo cantando las excelencias del tirano. Ahora, y mientras su vida se apaga en la cama de un hospital, vemos cómo sus detractores ocupan las calles de Miami celebrando con champán el principio del fin. Y al verlos, a pesar de todo lo dicho hasta aquí, se nos corta la digestión. Porque es tan miserable y odioso aplicar la pena de muerte en nombre de una revolución que ya no es más que un sueño, como festejar el fin de un ser humano, por muy tirano que sea.