SON unos cenizos. Los que queman los montes. Lo hacen por venganza. Lo hacen para divertirse. Lo hacen por delincuentes. Quieren que Galicia y sus maravillas se conviertan en un país ceniciento. No lo van a conseguir. Hay que perseguirlos hasta su casa, debajo de la cama. No vale callar. No vale quedarse en el medio de la escalera. Hay que subir y señalar. En muchos sitios se sabe con nombres, apellidos y alcume quién quema el monte. El negro que dejan los incendios no tiene color político. La Xunta calculó que el 85% de los fuegos del viernes fueron provocados. Increíble, pero cierto. Somos un país suicida. Lo que faltaba. En el fuego de la carretera entre Pontevedra y Ourense se detectó el pulso maldito de seis focos intencionados. ¿Qué mente demente corre por el monte y prende seis veces en sitios distintos? Estamos hartos de fotos de paisanos peleando como tigres, junto a las brigadas. Decimos que hace falta educación vial para acabar con los accidentes de coches. Y hace falta educación a secas, para terminar con estos incendiarios que eligen el día como expertos criminales. Esperan a que luzca el sol pleno del anticiclón de las Azores y a que sople un viento perro para darle a la llama. Galicia no se puede permitir el lujo de suspender todos los veranos la asignatura de los incendios forestales. Claro que los que provocan el fuego son unos delincuentes. Con todas las letras. Y como tales hay que perseguirlos y castigarlos. Pero también hay que limpiar los montes. Hay que utilizar la razón para planificar el crecimiento de este país. No plantar las casas en cualquier lado. No dejar que el azar y los locos manden sobre nuestras vidas. No podemos ser un país suicida. Un incendio es un grito. Sobre humo no se puede escribir el futuro. Ningún futuro. cesar.casal@lavoz.es