Mr. Testosterona

LUÍS VENTOSO

OPINIÓN

FLOYD Landis acudió al Tour con 31 años. Su trayectoria en la élite era buena, pero no era un superclase de palmarés irrefutable. Además, el estadounidense arrastra un calvario: un clavo de hierro en su cadera hace que para él las carreras sean un suplicio. Con todo, el fin de la curiosa era Armstrong y la expulsión de figuras pringadas en las redes de dopaje lo convertían en uno de los favoritos. Pero pinchó: un pajarón en los Alpes le hizo perder diez minutos en la última semana. Ya no contaba ni para el podio. Floyd ha comentado que su bajón fue tal que esa noche hasta se sopló un par de cañas y cuatro Jack Daniel's. Dieta original en la víspera de una nueva etapa alpina, que incluía el puerto más duro de la ronda, Joux-Plane. Pero a la mañana siguiente comienza el milagrete. Quizá por los rezos de su madre, fervorosa menonita, o tal vez por los efectos tonificantes de las birras y el whisky de patata, lo cierto es que nuestro resacoso Floyd se achanta en el sillín, comienza a fungar para arriba y se marca una escapada increíble, metiéndole un gol de siete minutos a Pereiro. Dos días después, arrasa en la crono. El Tour, al bolsillo. Pasados los festejos, los laboratorios de la Unión Ciclista Internacional se empeñan en emborronar la hermosa gesta y anuncian que al Floyd le salía la testosterona por las orejas. No pasa nada: el corredor aclara que su cuerpo la segrega de modo natural, novedad que revela tras lustros en la profesión. Si nos creemos que los ciclistas medios renacen a los 31 años, que tras unas copas te vas a trepar por los Alpes y que Floyd es un miura de la testosterona; entonces es justo vencedor. Pero si no es así, Pereiro ganará y su Tour será tan brillante como cualquier otro. Porque Carl Lewis está en el Olimpo y Ben Johnson, en las páginas de sucesos.