Líbano: la batalla en el terreno y en la opinión

| INOCENCIO F. ARIAS |

OPINIÓN

LA MAQUINARIA militar israelí puede avanzar en el terreno, pero empieza a perder la batalla de la opinión pública. Cierto que fue Hezbolá el que inició el conflicto con un golpe de mano que hasta un alto dirigente saudí ha calificado de «aventurerismo irresponsable». No es menos evidente que formando Hezbolá parte del Gobierno del Líbano, la incursión guerrillera era doblemente provocadora. Es también sabido que al estar los efectivos del grupo islámico mezclados con la población civil, la réplica de Israel difícilmente podría hacerse sin causar bajas civiles. Todo eso es correcto. Pero las imágenes de barrios enteros libaneses destruidos, de numerosos niños alcanzados por las bombas israelíes, tienen un efecto devastador en la percepción del conflicto. La conclusión de que Israel está teniendo una reacción desproporcionada se abre camino en Europa, y es moneda corriente en el mundo islámico. Circulan varias teorías para explicar por qué Hezbolá cometió lo que parece una insensatez. La primera es que calculó mal. Pensando que Israel estaba entretenido con su incursión punitiva en Gaza para rescatar a un soldado secuestrado, estimó que el fustazo en la frontera libanesa -ocho soldados israelíes muertos y dos secuestrados- tendría una reacción violenta, pero breve, de Tel Aviv. Si es así, se equivocó. La otra es que su astuto líder, Hasán Nasralá, intuía que su ataque produciría una masiva respuesta israelí. Sabiendo, se arguye, que la presión internacional con la resolución 1559 de la ONU, y la interna del Gobierno del Líbano para que Hezbolá se desarmara y abandona la frontera con Israel, iba ineludiblemente a crecer, apostó por una reacción fuerte israelí que convertiría a su movimiento en algo heroico para las masas árabes y haría saltar por los aires la idea de que tenía que desbandarse. En apoyo de esta segunda teoría se indica que es sospechoso que el alfilerazo de Hezbolá coincidiese con los días en que su gran protector, el régimen de Irán, tenía que dar la cara en la ONU y dejarse las evasivas en el tema nuclear. Otro motivo de distracción. Sea lo que fuere, Israel ha contestado de la forma violenta conocida, más de 400 muertos, miles de millones de dólares en daños y ve por primera vez que proyectiles islámicos caen abundantemente sobre su territorio. Las voces para que detenga su ofensiva crecen por días. Tel Aviv puede estar tentado a sostener que no puede hacerlo mientras no se le garantice que Hezbolá salga de la zona fronteriza. Pero el clamor en el mundo árabe alcanza cotas de la época de las guerras árabe-israelíes. Buena parte de los dirigentes árabes, y más aún los suníes, maldicen en privado la osadía de Hezbolá. No sólo por la ruina del Líbano sino porque les crea verdaderos quebraderos de cabeza con sus opiniones públicas, que mitifican a un grupo chií y, por tanto, para ellos, poco recomendable, como el bravo David que hace frente al perverso Goliat de Israel. Las manifestaciones en Egipto con carteles de Nasser, líder árabe que se enfrentó a Israel, y de Nasralá, son indicativas En EE.?UU., con el espectro político arropando totalmente a Israel, la mitificación de Hezbolá preocupa. Los árabes moderados apremian a la Casa Blanca para que frene a Israel. Rice vuelve al Medio Oriente. Ante la previsible negativa de Hezbolá a desarmarse, ¿se encontrarán las tropas de la ONU que, interponiéndose, eviten la repetición del infausto golpe de mano?