EN LOS últimos tiempos han venido a Galicia una serie de expertos en desarrollo regional considerados como gurús. Me parece excelente mantener intercambios de este tipo y conocer de primera mano las experiencias que les han avalado como profesionales de éxito. Naturalmente, casi nunca pueden extrapolarse a nuestra realidad, porque cada territorio, cada región, cada ciudad, tienen sus propias características, y nadie mejor que los propios expertos locales para hacer un diagnóstico acertado y ajustado. Otra cosa es contar con la opinión de personas reconocidas, pero sabiendo que ellos no pueden traernos la panacea, porque hace tiempo que los modelos imitativos no son el camino, puesto que cada región, cada ciudad, tiene que definir su propio modelo. Ellos ya lo saben. Lo sorprendente es cuando se les pregunta por la receta mágica para Galicia. Lógicamente no pueden hacer otra cosa que dar ideas genéricas y poco operativas, aunque a algunos les haga poner cara de papanatas. Pero más grave me parece que uno de estos personajes parta ya de la asunción de que somos papanatas y que gracias a él saldremos de nuestro marginal existir. Es lo que me han parecido las últimas declaraciones del arquitecto Peter Eisenman. El autor del boceto que dio pie al proyecto de la Ciudad de la Cultura nos ha venido a anunciar que, gracias a él, Galicia empieza a ser conocida en Estados Unidos y en Alemania, y en lo sucesivo, en todo el mundo. Lógicamente, una labor promocional como ésta no tendría precio, principalmente para quien recibe las ventajosas aportaciones económicas del erario público gallego, es decir, de esos pobres habitantes de un noroeste que para él sigue siendo como la aldea gala irredenta de Astérix. Tal presunción resulta banal porque, afortunadamente, Galicia hace tiempo, siglos, que es conocida en esos y otros países, Más bien me parece que la cuestión debería plantearse al contrario. Es el mencionado diseñador de arquitectura de márketing el que espera alcanzar una nueva valoración gracias al proyecto del monte Gaiás, es él quien nos debe el favor a nosotros. Máxime cuando la proyección está muchas veces asociada a una crítica de fondo: la desmesura del intento y lo injustificado del gasto y del mantenimiento. No creo que seamos nosotros los que debamos agradecer boquiabiertos su pócima mágica, y más cuando el éxito del macroedificio está por ver. Ya es hora de terminar con un papanatismo basado en nuestra falta de autoestima colectiva. Y Galicia, no lo olvidemos, hoy tiene recursos humanos y realizaciones materiales capaces de situarse entre las más celebradas. Está bien contar con la colaboración de todos, pero sin olvidar que ya nos somos papanatas.