El rompecabezas libanés


EL AÑO pasado participé en una misión de observación electoral durante los comicios legislativos del Líbano. Vimos las ruinas de lo que hasta 1982 habían sido los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila. El recuerdo de la masacre producía escalofríos, pero nuestros acompañantes libaneses lo veían como algo que se esforzaban en superar, más interesados por mostrarnos la reconstrucción de Beirut que por evocar aquel dramático ataque dirigido por un joven Sharon y que costó 18.000 muertos y 30.000 heridos, casi todos civiles.Al otro día, en un colegio electoral, un representante de Hezbolá se nos acercó para preguntarnos si éramos del Barça o del Madrid. Ningún comentario político y aparente normalidad, pero desasosiego en nuestro grupo ante la participación en las elecciones de una organización incluida por la ONU en la lista del terrorismo internacional. Pocos meses antes, el ex primer ministro Hariri moría en un atentado atribuido a los sirios. Su hijo lideró la candidatura que obtuvo los mejores resultados electorales para alivio de Francia, a cuyo primer mandatario el rico y poderoso Hariri había apoyado al máximo nivel. Por su parte, el líder druso Jumbladt criticaba la injerencia siria en la política libanesa, acompañado por su bella esposa siria, y el antes anti-sirio general Al Aioun centraba su campaña electoral en las bondades de una alianza con Siria. Pero en aquel galimatías, nada hacía presagiar un ataque israelí. El rompecabezas libanés sigue abierto sesenta y seis años después de su independencia, condicionado por su papel de escenario crucial para la paz y la estabilidad en la región. Urge que EE.?UU. y Europa consensúen el envío de una fuerza internacional de interposición y la organización de una nueva conferencia de paz que reavive el intento de la de 1991. Pero al mismo tiempo, y de forma inminente, ahora hay que dar respuesta a la nueva crisis humanitaria que sufre el carismático y sufrido pueblo libanés.

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