Limpiar los montes

| MANUEL-LUIS CASALDERREY |

OPINIÓN

CUANDO era pequeño, los montes se limpiaban porque se usaban todos los materiales que ahora ha arrinconado la civilización. Los tojos, las hojas secas y las agujas de pino servían de cama para los animales y como base de fabricación de estiércol. Las ramas secas y las piñas eran el combustible de lareiras y cocinas económicas, que hoy no sirven para cocinas de gas y de electricidad, mucho más cómodas y limpias. Hace unas semanas recordaba todo esto con un amigo de la infancia (José Otero, O Pepiño do Pichón ), emigrado a Argentina desde los 16 años y que viene a España de vez en cuando. Los dos recogimos piñas por los pinares. Rememorábamos cómo se volcaba la gente cuando había un incendio. Ambos fuimos monaguillos y llegábamos sin aliento a lo alto de la torre de la iglesia de Maside para tocar a rebato cada vez que había fuego. La gente salía de sus casas con cubos y enseguida se formaba una cadena de agua para apagarlo. Antes, los montes y los incendios eran cosa de todos. Hoy, son cosa de la Xunta o de otras instituciones, y así nos va. Por eso me parece una medida acertada que la consellería correspondiente propicie la limpieza de los montes e implique a sus dueños, como medida preventiva del inicio y, sobre todo, de la propagación de fuegos. Los montes gallegos están llenos de maleza: tojos, zarzas, helechos, hierbas de todo tipo, ramas y hojas secas, agujas de pino... Toda una gran variedad de combustibles sólidos que arden fácilmente y sirven como excelente medio de propagación del fuego.