DECIR QUE la imagen de George W. Bush sentando a la mesa, masticando y hablando a la vez en tono despectivo sobre los ataques al Líbano con su amigo y aliado Tony Blair resultaba absolutamente irrespetuosa para con millones de israelíes, libaneses y palestinos, es decir poco, sobre todo cuando sus palabras, captadas por un traicionero micrófono abierto, expresaban tan sutilmente: «Lo que hay que conseguir es que Siria obligue a Hezbolá a parar esta mierda». Bonito calificativo para el proceso destructivo en el que se encuentran inmersos Israel y Hezbolá. Cierto que nada bueno se puede esperar de un hombre tan mediocre como el actual presidente de los Estados Unidos, pero, al menos, sí se le debería exigir un poco de discreción y saber estar cuando los medios de comunicación del planeta entero escudriñan sus más mínimos movimientos. Más aún, cuando sus comentarios son una muestra más de la parcialidad con la que Estados Unidos ha respaldado la supervivencia del Estado judío, en el corazón del mundo árabe, con el uso de la fuerza pero no de la razón. Con la excusa del secuestro de dos soldados judíos por Hezbolá, Israel arrasa un país que, con muchísimo esfuerzo, se estaba recuperando de los quince años de guerra, transcurridos desde 1975 a 1990. Puede que el Gobierno de Beirut, inmerso en un precario equilibrio de fuerzas entre cristianos y musulmanes, entre chiíes y suníes, entre pro-sirios y pro-independistas, no supiera o pudiera expulsar a los resistentes de Hezbolá de su país, pero esa incapacidad no justifica bajo ningún concepto la destrucción total del Líbano por parte de Israel. Es un acto de guerra inaceptable contra civiles e infraestructuras, una violación del Derecho Internacional que no se le toleraría a otro país. Además, esta agresión no hará que Hezbolá devuelva a los soldados secuestrados, ya que el aumento de muertos civiles refuerza su postura, ni que se retire del sur del Líbano, porque su marcha no salvaría un país ya arrasado. Sí supone una muestra del poderío militar de Israel y lo incómodo que para este país era tener un vecino árabe, próspero y pro-occidental. Así que mientras el mundo piensa cómo frenar a unos y a otros, no nos queda otra que esperar a que Bush y Blair sigan reuniéndose para solucionar esta m¿; perdón, cuestión.