LUIS VENTOSO
17 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ENTRE finales del siglo XIX y el arranque del XX, un millón de gallegos se escaparon de una Galicia sin futuro. No eran unos paspanes: dejar tu parroquia, embalar tus dos mudas en una maleta de cartón y embarcarte a América exige un coraje tremendo. Muchos cuajaron en la epopeya de la emigración (que tiene pendiente un gran libro y su película). Desde el otro confín, demostraron que el problema de Galicia no estaba en los cerebros ni en los corazones, sino en una política que nos había arrumbado en el atraso y la rendición, porque España, como ahora, primaba a su mitad oriental. Cuando un país que aún hoy sólo tiene 2,9 millones de habitantes pierde a un millón de vecinos, se queda exangüe. Los mejores se fueron y atrás dejaron miseria, ignorancia, la bota feudal y sobre todo: miedo. La pobreza, el servilismo ante el señor y la nula educación -traducida en superstición- tallaron la personalidad del campesino gallego. Mitificado por el primer nacionalismo, nuestro campesinado era laborioso y dueño de una tradición valiosa; pero también era apocado e individualista hasta lo mezquino. Ahí nació un prototipo, el gallego que ni sube ni baja. Y como hay que consolarse, la personalidad evasiva, hija del miedo, pasó a llamarse astucia. Pero un país incapaz de arriesgar y de armar proyectos colectivos no pita. Hoy emerge otro perfil de gallego. En lugar de quedarse en medio de la escalera, la mueve. Marineros de la Costa da Morte dieron un paso al frente y salvaron las vidas de 51 inmigrantes en el Mediterráneo. Una lección moral. En el Tour, un chaval de Mos viste de amarillo. «¿Va a aguantar?», le preguntan. El gallego del tópico habría dicho: «Es difícil, qué duda cabe». Pereiro responde así: «Tengo el maillot. Ahora que me lo quiten». Galicia arranca. Y dará sorpresas.