¿Por qué los gallegos gritan «¡Viva el Rey!»?

OPINIÓN

AUNQUE ahora se ha puesto de moda denostarla -y nada hay tan autoritario en este país como las modas-, soy de los que siguen pensando que nuestra transición a la democracia fue un proceso político ejemplar. Entre los muchos méritos de quienes con gran sentido común y envidiable habilidad la dirigieron (políticos que están a años luz de la mayoría de los que hoy, por desgracia, padecemos) no fue el menor el haber encontrado un encaje inmejorable para una institución, la monarquía, que tenía entonces todos los números para haber durado lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Ni la tradición histórica de partidismo y alineamiento reaccionario de los reyes españoles, ni la restauración, tras el franquismo, y por el propio dictador, del régimen monárquico, hacían suponer, sino todo lo contrario, que la instauración constitucional de la monarquía juancarlista iba a resultar una pieza esencial para el futuro del país. Pero así ha sido. Y ha sido así a pesar de una evidencia a la que no suele prestársele la atención que se merece: que nuestros constituyentes parlamentarizaron la monarquía de tal modo que en realidad lo que hicieron fue prácticamente abolirla como forma de gobierno. El Rey no gobierna en España, desde luego, pero tampoco reina en el sentido en que lo hacían los monarcas constitucionales en la tradición monárquica europea, pues carece de verdaderas facultades para ello. De hecho, de todos los artículos dedicados por la Constitución a la Corona, el decisivo es el que señala que el rey es el símbolo de la unidad y permanencia del Estado. ¿Nada más? En efecto, nada más, ¡ni nada menos! Y es que con una clase política que, una vez superada la pax romana de la transición, ha vuelto a arrellanarse en el duelo a garrotazos y con un sistema de partidos que impulsa un grado de centrifugación territorial desconocido en cualquier democracia occidental, la figura del Rey como símbolo de unidad -por encima de las tendencias a la separación- y permanencia -por encima de las diferencias de partido- ha acabado por ser fundamental para una sociedad civil harta de la dureza de nuestras peleas territoriales y políticas. Pues para eso sirven los símbolos: para unir. En un país en el que, por razones históricas diversas, no juegan ese papel ni himnos ni banderas, ni selecciones deportivas, ni liderazgos intelectuales ni políticos, don Juan Carlos de Borbón ha sabido llenar ese vacío con prudencia y sensatez. No hay más que ver estos días el cariño que corre por las calles de los pueblos y ciudades de Galicia para comprobarlo -por si hiciera falta, que no hace- una vez más.