Tragedias que no cesan


AL TIEMPO que la automoción comienza a crecer en Galicia -como en España- en la década primera de los años sesenta, se inicia también la carrera interminable de los accidentes de tráfico. Dos carreteras, con trazado que sigue la línea costera atlántica, serán persistente escenario de muertes por causa del mal uso del automóvil. Son dos largos caminos, que van de A Coruña a Carballo-Fisterra, y desde esta misma localidad última a Tui; ambos tienen como denominadores comunes los trazados sinuosos, los malos afirmados de las calzadas, la señalización defectuosa, la adversidad climática ambiental y hasta ciertas actitudes carenciales -instrucción vial, al menos- de la mayoría de usuarios, habitantes de las áreas geográficas del entorno, comarcas de Bergantiños, Soneira, Fisterra, A Barbanza y buena parte de As Rías Baixas.Al paso de los años se corrigen la mayoría de las deficiencias y hasta el clima parece menos riguroso pero, ¿y aquellas faltas de la educación para el tráfico, acciones y reacciones que son fuente de riesgo para la seguridad vial de todos? Está la memoria en el episodio reciente de Xuño, están los mismos escenarios y está sobre ellos el mal fario de siempre. Únicamente se ha hecho más selectiva la muerte, que se ceba en personas jóvenes, que se presenta a fecha fija en las noches-madrugadas de fin de semana, cuando el apogeo de la diversión. ¿Qué singular contexto social favorece esta inacabable sucesión de tragedias? No parece bastar el permiso por puntos, ni parece servir ese racional transporte público-colectivo que evitaría el uso del propio vehículo, medio indefectible para los desastres finales. Ante tanto desencanto, recordamos que en ocasión anterior habíamos llegado a un severo interrogante, ciertamente cuestionable: ¿cabe limitar, siquiera excepcionalmente, el constitucional derecho de libre circulación aún a bordo de un automóvil?

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