SE LLAMABA Jorge Arnaldo Hernández. Soldado peruano del Ejército español. Lo vimos regresar en una caja de madera, procedente de Afganistán. En torno a sus restos y a su viuda se congregaron los mandos militares, el jefe del Gobierno y el jefe de la oposición. Después regresó a Perú, para ser enterrado con los suyos. Cuesta trabajo hacerse a la idea de que un defensor de la patria sea natural de otro país, pero ésa es la realidad actual. No hay vocaciones militares en la España rica, y tienen que ser buscadas entre los inmigrantes. Su lugar de nacimiento sólo importa a efectos de darles tierra. Esto también es la globalización: no hay fronteras para reclutar soldados. Jorge Arnaldo es, así, la última baja de las Fuerzas Armadas en esas guerras lejanas a las que acudimos en algo que nos presentaron como misión humanitaria. Su muerte ocurrió en un atentado premeditado, con la explosión de una mina anticarro. La sociedad española debe saber que estas cosas pueden ocurrir, como ocurrió el accidente del helicóptero en el mismo escenario; como la tragedia del avión que causó el mayor número de bajas de la historia democrática de España. Mientras tengamos militares fuera de nuestro país, los féretros pueden llegar a nuestros aeropuertos. Y en concreto, de Afganistán. Hay una tendencia a considerar este país como de menos riesgo que Irak. Se ha trasladado a la opinión pública la sensación de que estamos allí en una misión menor, pura compensación por la retirada de Irak, como para tranquilizar a la administración Bush y no ser considerados enemigos de los Estados Unidos. Pues bien: Afganistán no es un país de riesgo menor, aunque no nos lleguen noticias de atentados masivos y constantes como los de Irak. Pero existen guerrillas y grupos de resistencia contra las tropas extranjeras que, por mucho que pretendan ayudar a crear una democracia, siempre serán entendidas como fuerzas de ocupación. El Ejército español, por humanitario que sea su trabajo, no es una excepción. Sobre esas bases, surge un nuevo debate: ¿debemos permanecer allí? La OTAN, que lo ha percibido, nos pide que nos quedemos; pero ya es un asunto de política interna. El Gobierno se encuentra entre dos demandas: una, de Izquierda Unida, que pide el retorno de las tropas. Otra, del PP, que le devuelve a Zapatero sus monedas en forma de acusación de misión oscurantista, que oculta los objetivos y peligros reales. Todo es legítimo. Lo único cierto es: primero, que ser aliado tiene estas servidumbres; segundo, que las alianzas no se cambian por unos incidentes o unos caídos; y tercero, que las misiones humanitarias dejan de serlo cuando alguien hace explotar una mina anticarro. Y en Afganistán explotó.