¡QUÉ poco ha durado la visita del Papa! Mientras estaba aquí, los telediarios sólo tenían ojos para él. Los cristianos nos alimentábamos de su imagen. Los más sensibles se emocionaban con sus gestos. Los más católicos cargaban su batería de creencias. Y los más politizados trataron de interpretar sus palabras, para ver si el perverso Zapatero merecía alguna indulgencia o, por el contrario, estaba ya condenado al fuego eterno por su destrucción de la familia y otros valores tradicionales. Así, los periódicos de los últimos dos días han sido una muestra de cómo un acontecimiento religioso puede ser transformado en suceso político. Hubo mensajes subliminales, que presentaban a un Rajoy que comulga o departe con Su Santidad, frente al Zapatero que no acudió a la gran misa. Hubo versiones que quisieron ver distensión en las relaciones Iglesia-Estado, por la simple razón de que no hubo críticas directas al Gobierno. Y no ha faltado quien mostró un nuevo modelo de discurso para obispos españoles, que son mucho más beligerantes y agresivos con el poder político en sus homilías y declaraciones públicas. ¡Qué poco conocemos la sabiduría de la Iglesia católica! ¡Qué poco conocemos su exquisita diplomacia! Es capaz de transformar a un Ratzinger-martillo-de-herejes en un bondadoso y comprensivo papa. Benedicto XVI ha viajado a Valencia en su doble función de jefe del Estado Vaticano y cabeza visible de la Iglesia. Como jefe de Estado, ha sido como manda el protocolo: cariñoso con el Rey, cortés con el presidente. Como jefe espiritual, vino con su cargamento de doctrina. Clausuró un congreso mundial sobre la familia y renovó los principios inmutables: la familia es la base social, que se organiza en torno al matrimonio, y el matrimonio es la unión de hombre y mujer. Esta última matización no hubiera sido necesaria, si Zapatero no hubiera abierto la vía del matrimonio homosexual. ¿Para qué necesitaba una crítica directa al Gobierno? Con esa alusión quedaban cubiertos los objetivos. De tan inteligente manera, lo que hizo el Papa ha sido cumplir el mandato de Cristo: ser flexible como la hierba ante la presión del viento. Esa flexibilidad se demostró en su relación política: ni un roce, ni un conflicto, ni una mala cara. Si había algo que decirle a Zapatero por no acudir a la misa del domingo, se lo dice el portavoz del Vaticano. El Papa se limita a poner sonrisas en el saludo, entre otras razones porque sus delegados, los obispos, tienen que hablar de financiación. Cualquier Papa -como cualquier cura de pueblo- preferirá siempre a un Rajoy que va a misa en familia y recibe la comunión. Pero a los gobernantes no los designa Roma. Hay que convivir con lo que hay.