Pilar Ruiz

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

EN MOMENTOS de confusión extendida como los actuales sólo nos queda, para orientarnos, el juicio instintivo de las entrañas. Entonces la presencia de alguien verdaderamente humano, como Pilar Ruiz, decide. La madre del noble policía vasco asesinado por ETA, Joseba Pagazaurtundúa, rompió los protocolos de los señores de la paz y nos sacudió con la insoslayable fuerza del bien absoluto. Nos devolvió la infancia perdida, aquellos tiempos donde las abuelas eran la sabiduría encarnada y las madres la envolvente amorosa de una garantía sin reservas. Esta madre coraj e de la dignidad, esta mujer ejemplar sin cuota oficial, este gigante moral, nos ha devuelto la esperanza. Nada se puede edificar en el olvido de los muertos y en el desdén de las secuelas de su dolor en los vivos. Nos engañaremos si pensamos que una mesa de partidos puede sustituir a una auténtica comisión de la verdad. Como la presidida por el justo Desmond Tutu en Sudáfrica, en la que los asesinos, los administradores del terror del apartheid , pasaron uno a uno por el estrado confesando sus crímenes y pidiendo perdón individualizado a las víctimas, cara a cara, frente a frente, mirándoles a los ojos y mostrando arrepentimiento público. Sólo así fue posible la paz verdadera. Pilar Ruiz nos ha conmovido como nunca lo haya podido hacer persona pública alguna. No fue imagen programada ni testimonio calculado; estaba allí porque no podía faltar, porque no podía permitir que la reunión del PSE y Batasuna, de Patxi López y Otegi, transgrediera la memoria de su hijo. No había muerto para nada, no había sido un comprometido inútil; tenía que reivindicar el sentido de su sacrificio. Y dijo las palabras más duras y más justas, afiladas por la sinceridad de una madre desinteresada en las vanidades del poder. Nos recordó su angustia profética y su denuncia desesperada cuando advirtió que iban a matar a su hijo y que nadie estaba haciendo nada para salvarlo. Sólo dijo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Con su testimonio redimió a todo el pueblo vasco, emergió la verdad profunda de una vieja casta penetrante, fuerte y valiente; de una gente que siempre aportó a España algo especial, ese espíritu insobornable de la existencia que tan bien personificó Unamuno. No podemos darle la espalda, no debemos ceder al miedo, no desfallezcamos ante el cansancio y las apariencias del final de la violencia. Es una ilusión, una ceguera fatal. Si lo hacemos, tendremos más indignidad y nuevas formas de opresión por unos violentos crecidos, reforzados y blanqueados. Hoy no llegan las palabras, sobran los discursos y los análisis de salón. Pero tenemos la fuerza esclarecedora y determinante de una mujer que sabe defender las certezas humanas fundamentales.