CLEMENTE Mastella, ministro italiano de Justicia, está de acuerdo en que la buena imagen que exhibió su país en Alemania es más importante que la ley. Y un 87% de los italianos, que no han aprendido nada de lo que significa el compadreo indecente con la Mafia y la Camorra, también estarían de acuerdo en indultar al Juventus, al Milan, al Lazio y a la Fiorentina si con ello se consigue no disgustar a los nuevos padres de la patria que -¡adiós Dante, Cavour y Garibaldi!- se llaman ahora Cannavaro, Zambrota y Totti. La historia viene de lejos, y resulta familiar para los españoles. Porque lo mismo que sucede aquí, donde los clubes y sociedades anónimas deportivas tienen bula para recalificar terrenos, defraudar a Hacienda y a la Seguridad Social, y endeudarse sin límites tras el umbral de la quiebra técnica, también en Italia se propone que no se aplique la ley a los clubes que, a pesar de haber cometido graves y continuadas irregularidades, tienen el mérito de pagar sueldos multimillonarios a los miembros de la escuadra azzurra. El principio que inspira semejante atentado contra la dignidad ciudadana y la democracia es que la ley es igual para todos menos para los sublimes, y que no estaría mal encarcelar a los ministros y jueces que, en el recto cumplimiento de sus funciones, se atreven a importunar a los grandes ciclistas que se dopan, a los futbolistas que ganan mundiales, o a cualquier figura que consiga izar la bandera y hacer sonar el himno nacional por los estadios del mundo. Por eso pienso que, si ahora andamos con los futbolistas, pronto empezaremos a pedir que Nadal no pague impuestos, que nadie se atreva a quitarle un punto al carné de Alonso, que Lendoiro no pague sus deudas y que Bisbal o Pavarotti no liquiden el IVA. Lo que puede suceder en Italia es gravísimo. Y aunque triunfen finalmente las tesis de la ministra Melandri, que prefiere honra sin barcos a barcos sin honra, nadie podrá resarcir el daño que hizo un ministro de Prodi que, después de haber desalojado a Berlusconi con una propuesta regeneradora, se descuelga con la idea subyacente de que la ley no puede ser igual para todos, que los símbolos populistas prevalecen sobre el Estado de derecho, y que, si hay que escoger entre la democracia y el fútbol, sólo a los imbéciles -y a la valiente Melandri- se les ocurre apostar por el Estado de derecho. La mafia es eso. El fascismo es eso. Y llueve sobre mojado aquí y en Italia. Porque lo que ahora le parece bien a Clemente Mastella y a muchos italianos abona el terreno para la enésima amnistía económica de los clubes españoles, que bien podría hacerse con el dinero de las listas de espera y los frenos del metro.