EL BARULLO político que vive este país hace que todas las noticias que no sean ETA, Batasuna, diálogos y demás tensiones pasen desapercibidas en el análisis. De esta forma, casi nadie se detiene en las situaciones sociales injustas, los comportamientos aberrantes y las alertas que diariamente surgen de la actualidad. Pienso, por ejemplo, en lo que presuntamente hizo esa coruñesa afincada en Barcelona y conocida como «la Reme». Según las pruebas que va acumulando la policía, estamos ante una asesina en serie que mató a tres ancianas en sus propios domicilios. Lo que hay detrás es una situación que clama al cielo: las condiciones de soledad e indefensión en que viven un cuarto de millón de ancianos en las ciudades de nuestro país. Es la peor imagen social de la semana que hoy termina. He escrito un cuarto de millón y quizá me quede corto, porque no hay cifras exactas. Son, en cualquier caso, una multitud. ¿Y en qué esquema sociológico los podemos situar? Desde luego, son los menos favorecidos: si tuvieran recursos económicos, podrían pagar la asistencia o vivir en centros de acogida. Son un fruto de una sociedad hedonista, que hace que los hijos se desprendan de sus padres, sin otra preocupación que visitarlos o llamarlos. Suelen ser pensionistas, con recursos limitados, pero suficientes para no depender de la caridad de otras personas. Y son la cara más patética de la vida urbana: personas que, cuando cierran la puerta de su casa, no tienen con quién hablar, ni con quién comentar la jornada, ni a quién pedir ayuda. Por eso, cuando salen a la calle, son como mendigos que buscan una limosna de afecto. Si alguien se la da, se entregan, corresponden con su amistad, invitan a su casa. Es exactamente lo que ha ocurrido con «la Reme»: según todos los indicios, esa mujer «ligaba» a sus víctimas en la iglesia y los mercados. Y sus víctimas se entregaban a ella, porque era su nuevo brazo, su compañía, la amiga ansiada, la mano que las rescataba de su soledad. Su historia no es la película Durmiendo con su enemigo ; es Invitando a su asesina . ¡Pobres ancianas y ancianos solitarios! Abandonados de los suyos, y vulnerables como pajarillos en una jaula. Víctimas fáciles para el robo, la estafa, el engaño, el acoso y hasta para la muerte. Tentación de ladrones y homicidas. Si no son objeto de más crímenes y abusos es por su propia pobreza: porque no hay mucho que robar en su casa. Aunque sólo sea por su patética realidad, hay que agilizar la puesta en marcha de la Ley de Dependencia. Y, mientras tanto, llamar la atención de poderes públicos y familias: esos solitarios son la cara más penosa de una sociedad rica, pero que pierde a chorros sentimientos de humanidad.